El tiempo aniquila y no regresa

¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. 

San Agustín

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Por: Enrique Gómez Orozco

Sé que faltan 71 días del 2021. También que el día 1 de noviembre terminan los primeros 35 meses del mandato de López Obrador. Nunca había contado los días que faltan, salvo cuando estaba en la escuela y esperaba la salida de vacaciones. 

Muchas décadas después vuelvo al ejercicio. Tal vez porque a medida que pasa la vida y envejecemos, cobramos más conciencia del valor de cada día. San Agustín meditaba mucho en sus Confesiones sobre la naturaleza del presente, lo inasible del pasado e indeterminado del futuro. 

Pero esto no es una reflexión sobre filosofía sino una meditación política. Durante más de tres años, estuvimos al contentillo de las políticas públicas de AMLO. La destrucción de Texcoco, el asistencialismo sin fin y los múltiples enfrentamientos con los empresarios, la oposición, los científicos y hasta la clase media. Sin embargo, el cambio o la “transformación” del país no ha sido profunda ni será duradera. Los mercados siguen operando, el Banco de México permanece autónomo al igual que el Instituto Nacional Electoral o el INEGI. 

La transformación ha sido la destrucción de algunos instrumentos y proyectos de sexenios anteriores. Se destruyó el Seguro Popular, la Policía Federal, los fideicomisos; se eliminó la meritocracia con salarios atados al del Presidente, y sobre todo, se ha administrado mal. El mejor ejemplo fue la destrucción de Texcoco. Permanece el TLC ahora llamado T-MEC, se sostiene la disciplina fiscal (dentro de lo posible), y el neoliberalismo no ha sido derrotado porque los mercados siguen abiertos y libres (hasta ahora).

Para los detractores de López Obrador cada día que pasa es un triunfo, sobre todo porque ya no hay temor a una prolongación de mandato. Sabemos que el primero de octubre del 2024 tendremos otro presidente, otro gabinete, y seguramente, el regreso a una vida más institucional. Los cambios empezarán antes. Cuando Morena tenga candidato y también la oposición, la llamada Cuarta Transformación dejará de existir. Podrán usar el término para algunos mítines de campaña pero el nuevo candidato tendrá su propia idea de transformación. No sabemos quién será, pero ni Sheinbaum, Ebrard, Anaya, De la Madrid o cualquier otro daría continuidad al despropósito actual. 

El más poderoso de los presidentes, antes de AMLO,  fue Carlos Salinas de Gortari. Parecía estar en la cúspide con su proyecto “Solidaridad” y con el  logro del TLC. El primero de enero de 1994 comenzó su derrumbe con la guerra en Chiapas. Luego la tragedia de Colosio y el asesinato de su ex cuñado José Francisco Ruíz Massieu. 

Quien tiene todos los hilos, quien centraliza y convierte al país en el de un sólo hombre, puede trastabillar como un malabarista al que se le cae una de las muchas pelotas que tiene en el aire. Luego todas. Y López Obrador tiene demasiadas pelotas en su juego. ¿Quién puede detener el tiempo? Ni siquiera las soñadoras y soñadores que buscan juventud en el botox.

La próxima gran prueba será la Reforma Eléctrica, una aberración de querer regresar en el tiempo con una maquinaria de ideas tan vieja como el propio Manuel Bartlett; tan inútil y nefasto como el viejo estatismo mexicano. Si la aprueban como está, las broncas serían tan grandes que tumbaría la economía y la incipiente recuperación. Sería una bala calibre 50 en los píes del propio Gobierno con todas las demandas, conflictos y enfrentamientos internos y externos. Al contrario de la romántica película “Pide al tiempo que vuelva”, aquí debemos suplicar porque nunca regrese.

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