El tiempo criminal

El paso del tiempo se acelera en la conciencia con el paso de los años. Vivimos dentro de ciclos. Cuando éramos niños, esperar una hora en la antesala del consultorio de un doctor equivalía a un día completo.

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Por: Enrique Gómez Orozco

El paso del tiempo se acelera en la conciencia con el paso de los años. Vivimos dentro de ciclos. Cuando éramos niños, esperar una hora en la antesala del consultorio de un doctor equivalía a un día completo. Hoy, ante la misma espera, podemos contemplar en nuestra memoria los hechos importantes de nuestros años, conversar o leer. La puerta se abre y nos parece un cuarto de hora. 

Lo mismo pasa a los políticos. Cuando llegan al poder pareciera que tienen todo el tiempo del mundo. El horizonte se abre ante sus triunfos como si no hubiera mañana. La mayoría de ellos viven una vorágine. En México, cuando los presidentes llegan a la mitad del sexenio ya consumieron dos terceras partes de su poder. No es un asunto matemático. Incluso puede acelerarse más. 

Hay sexenios que sólo duran dos años como el de Enrique Peña Nieto. Cuando se publica la existencia de una Casa Blanca no declarada, su administración pierde la mitad del tiempo; con el crimen de los estudiantes de Ayotzinapa, el sexenio se acabó. Todas las cartas estaban echadas, el resto fue esperar y enlodarse en corrupción. 

A Miguel de la Madrid le sucedió lo mismo con el temblor de 1985. Otros funcionarios se encargaron de resolver los problemas y con el trauma nació una nueva oposición dentro del PRI que después se convirtió en el PRD. La máquina del cambio democrático encendió sus motores en 1988. 

Lo mismo sucede en el presente: la huella de la pandemia y todas las consecuencias económicas traerán cambios que hoy todavía no vemos. La tragedia de la Línea 12 del Metro capitalino arrebata el tiempo a la 4T. Acelera todo. A López Obrador, con todo su poder, le recortó su mandato. No hay culpa de los “conservadores” ni de la mafia en el poder de antaño; los responsables lo rodean en su administración. No tienen dónde ocultarse.

Si la primera mitad del sexenio nos pareció lenta, intensa e impredecible, lo que queda para llegar al 2024 será vertiginoso. Los reflectores centrados en una sola narrativa mañanera comienzan a buscar otros rostros y otras historias. La que hoy surge dentro del Gobierno es la guerra interna por los espacios vacíos, imposibles de llenar por el Presidente. Por más talento político, por más control que tenga López Obrador, no le ajustará el tiempo para atender la disputa de sus colaboradores.

Gobernar conflictos internos es lo más desgastante para cualquier líder. Llega el momento en que los propios no hacen caso y dejan de luchar por “el proyecto”. El tiempo que dedicaban a los encargos del líder lo dedicarán a ellos. La llamada Cuarta Transformación quedará en el espejo retrovisor como algo incomprensible para el común de los ciudadanos. Se perderá en el polvo de la historia porque nunca tuvo pies o cabeza. 

El tiempo es un asesino y eso lo pudo comprobar Marcelo Ebrard. Cuando lo quiso dominar en una obra extraordinaria pero rápida y furiosa, regresa diez años después para cobrar la factura. 

Pocos dominan el arte de empaquetar vida y obras en cortos periodos. Los maestros de nuestra era son los asiáticos, magos del crecimiento y la productividad; sumos sacerdotes del futuro. De ellos deberíamos aprender y dejarnos de ocurrencias sexenales. 

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