En sentido contrario

Basta leer un reporte de la correduría JP Morgan sobre la petrolera brasileña Petrobras para saber hacia dónde apunta el futuro.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Basta leer un reporte de la correduría JP Morgan sobre la petrolera brasileña Petrobras para saber hacia dónde apunta el futuro. 

Las empresas estatales en Latinoamérica fueron y son una fuente inagotable de recursos para la burocracia que las administra y sus sindicatos. La constructora Odebrecht lo ilustró en casi todos los países con su corrupción institucionalizada. 

En Brasil, Jair Bolsonaro gana las elecciones y da un giro a la privatización. Quiere terminar con el estatismo en Petrobras y dirige la empresa a producir petróleo (su “core business”) y vende derechos de perforación. Remata las refinerías y la distribución de hidrocarburos que no le dejan. 

Quiere enderezar la empresa cuyo valor en el mercado llegó a 70 dólares por acción, se derrumbó hasta 3 dólares y ahora vale 14. Esperan que pronto llegue a 21.  

Los analistas de JP Morgan, expertos en valuar empresas y sopesar su futuro, le dan un “sobrepeso” a las acciones. Piensan que el rumbo es el correcto y en un par de años se recuperará. 

Mientras eso sucede en Brasil, en México vamos en sentido contrario. El Gobierno destinará valiosos recursos públicos para tratar de enderezar la nave que se hunde día a día, en lugar de alentar la participación de inversionistas privados. 

Luego propone construir una refinería con recursos públicos que costará 13 mil millones de dólares. Eso ahondará la necesidad de crédito público, más pronto de lo que imaginamos.

En Brasil, México, Argentina y Venezuela, las petroleras en manos del Gobierno sirvieron para generar las fortunas más fastuosas de los funcionarios públicos y las empresas asociadas a sus directivos. 

Venezuela se hundió por creer en su PDVSA como la fuente inagotable de recursos para sostener a todo el país. Aún cuando tienen los yacimientos más grandes de la tierra, su administración corrupta y la visión de izquierda tropical de Hugo Chávez y Nicolás Maduro no sólo destrozaron la empresa, sino todo el sistema productivo. 

En México lo vimos en Pemex cuando vino la bonanza petrolera de hace 40 años, lo atestiguamos con la Comisión Federal de Electricidad y en el extremo de la locura sindical, con la extinta Compañía de Luz y Fuerza del Centro. 

Pemex fondeó el presupuesto federal con sus ingresos. Si no hubiera tenido que entregar la mayor parte de sus ventas a Hacienda, sería una de las empresas más importantes del mundo. Cuando producía más de 3 millones de barriles diarios, los gobiernos del PAN remediaron sus presupuestos con petróleo. En lugar de cargarle al consumidor y al contribuyente el gasto público, se valieron de la paraestatal. Fue más fácil sacar dinero del petróleo, una forma de populismo panista. El resultado fue nefasto. 

Cuando viene la caída en los precios del petróleo de 2015 al 2017, el Gobierno tiene que endeudarse para tapar el agujero. Luis Videgaray, el entonces Secretario de Hacienda, salva el crecimiento con deuda en un momento que era conveniente por las bajas tasas de interés. 

Al sobrecargar todo el presupuesto federal con Pemex, Dos Bocas, el Tren Maya y la destrucción del NAIM, se crean distorsiones terribles en la economía que ya sufrimos. Quien lo dice es Carlos Urzúa, exprimer ministro de Hacienda de AMLO. Sabe y aclara que vamos en sentido contrario. Podremos interpretar sus preocupaciones con una nueva perspectiva. 

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