Endemia

Es innegable que multitud de personas son y seguirán siendo susceptibles a la enfermedad por SARS-CoV-2 y este nuevo virus seguirá circulando en los meses (tal vez años) siguientes.

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Por: Dr. Juan Manuel Cisneros Carrasco

Es innegable que multitud de personas son y seguirán siendo susceptibles a la enfermedad por SARS-CoV-2 y este nuevo virus seguirá circulando en los meses (tal vez años) siguientes. 

Ahora bien, existe un concepto que se maneja a últimas fechas y suena cada vez con más frecuencia: la enfermedad por COVID-19 se volverá “endémica”. Ante ello, es importante dilucidar a qué se refiere esta expresión, que nos ayude a entender cómo es que una enfermedad pasa de una afectación universal “aguda” por un tiempo determinado, para luego pasar a tener un comportamiento estacional, a veces incluso predecible.  

La transición a un carácter permanente en tiempo y afectación de grupos poblacionales definidos, es lo que hace de una enfermedad “endémica”. Es decir, la expectativa que podemos tener no es la de la desaparición de este nuevo virus, sino que, con una visión optimista, las poblaciones adquieran inmunidad protectora gracias a los mecanismos de infección natural y a través de la vacunación, que conlleve a un menor grado de transmisión y por ende la disminución en hospitalizaciones y muerte, incluso mientras el virus continúa circulando. A diferencia de otras afrentas epidemiológicas, donde la contención de otras enfermedades llevó a la detención de su propagación, el COVID-19 es todo un reto que orienta a establecer mecanismos que mejoren de manera sustancial las características de la prestación de servicios de salud pública en todas sus variantes y prepararnos para una nueva enfermedad de carácter pandémico. 

A la fecha es complicado establecer un patrón, debido a las múltiples diferencias encontradas en el comportamiento de este virus en varias regiones del mundo. Existen multitud de dudas y preguntas por responder: ¿cuántas veces este virus se modificará?, ¿las vacunas por cuánto tiempo servirán?, ¿será necesario un refuerzo o múltiples aplicaciones?, ¿si estoy vacunado puedo regresar a mi vida normal?, ¿cuál es la probabilidad de infectarme o transmitir la enfermedad incluso vacunado?, ¿qué tan rápido se desvanece la protección?, entre otras. 

Son preguntas genuinas y es importante estar desde ahora intentando construir respuestas sensatas y basadas en evidencia para ofrecerlas a las poblaciones, puesto que la implementación de políticas públicas para seguir conteniendo y tratando de limitar o acortar los estragos causados por esta nueva enfermedad, es probable que no sean bien recibidas si no se sensibiliza y educa de buena manera a la población. 

Igualmente, es momento de re-evaluar nuestros mecanismos de respuesta frente a otras enfermedades que tienen carácter de prevenibles. Estamos orientados sí a salir de una contingencia, pero pareciera que el resto de enfermedades está siendo sujeto de olvido, incluso desdén y no hay una sola política establecida para anticipar riesgos, refiriéndonos por ejemplo a la influenza, donde los esfuerzos de vacunación en el año previo y antepasado fueron sumamente pobres y la cobertura muy deficiente. 

Con otras afrentas sanitarias aprendimos y ahora las consecuencias de ese aprendizaje parecen “obvias”: con el cólera aprendimos a potabilizar el agua y con la malaria y dengue aprendimos a protegernos de los mosquitos. Pues bien, es momento de implementar lo aprendido en esta nueva afrenta a la salud y enfocar nuestros esfuerzos a garantizar (o siquiera intentarlo) condiciones que permitan una limitación de la afectación ocasionada por esta nueva enfermedad como es el aire limpio, espacios abiertos o ventilación, por ejemplo.  

Sin ser derrotistas y al contrario, siendo conscientes de la realidad que se avecina, es momento de planear cómo es que lidiaremos con este nuevo “enemigo en casa”. Autoridades: van tarde.

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