Opinión

Felipe Tomé o el dolor de la violencia

Le decía “Al Pacino”  porque reflejaba la calma y la inteligencia del actor, porque tenía un aire de parecido. Felipe Tomé Velázquez siempre fue un buen conversador.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Le decía “Al Pacino”  porque reflejaba la calma y la inteligencia del actor, porque tenía un aire de parecido. Felipe Tomé Velázquez siempre fue un buen conversador. Desde que lo conocí en un viaje a Oriente hace 23 años, observé su agudeza para comprender los negocios. 

Vicente Fox, entonces gobernador, nos había invitado a un viaje oficial por Corea del Sur y Japón. Felipe representaba al empresario joven de Guanajuato. Nieto de don José Tomé de Irapuato e hijo del empresario e inversionista que llevaba su mismo nombre, Felipe tenía por razón de familia y de vocación el emprendimiento. Lo hacía con talento y creatividad. Lo mismo construía plazas comerciales y torres de departamentos en Guadalajara que en Querétaro o Puerto Vallarta. 

Trabajaba siempre. Su vida era construir. Cuando tenía la oportunidad de platicar con su mamá, Guille Velázquez (La Mema), siempre le decía que Felipe, al crear empresas, al construir desarrollos, generaba empleos y riqueza  para el país. Su intensidad y visión era asombrosa. Recuerdo la Navidad del 2004, cuando un Tsunami inundó Indonesia, lo encontré en el aeropuerto. Salíamos de vacaciones y él viajaba a Hong Kong y a China. Nos contó que iba a comprar accesorios para sus edificios de departamentos. Siempre tenía en mente la creación de algo. 

Una de sus virtudes era hablar calmado y razonar todo lo que explicaba. Su mente iba y venía cuando apenas uno captaba el sentido de sus ideas. 

Hoy pesa su muerte, su sacrificio inútil. Sólo podemos estar apesadumbrados porque sufrió el peor agravio:  alguien segó su vida cuando estaba en plenitud. 

Felipe fue víctima del clima de violencia que prevalece en el país. Ninguna explicación y ninguna justificación pueden tener los asesinatos de él y el de su colaborador Jeovanny Flores, cometidos en Puerto Vallarta. Tan sólo pensar en el dolor de Guille, su mamá, nos hunde en profunda tristeza. Por ella, por México y por todos quienes soñamos en un país en paz sólo podemos expresar nuestra profunda condolencia. 

Con la muerte de Felipe se van proyectos, empleos e inversión. Le quedaban muchos años por emprender. Para las autoridades de Jalisco, comenzando por el gobernador Enrique Alfaro, queda la tarea de esclarecer el crimen. Puerto Vallarta es una mina de oro del turismo para ese estado y puede caer en la espiral de violencia que tuvo Acapulco. 

Quisiéramos siempre recordar a los amigos con sus virtudes y detalles agradables, como flashes en la memoria. Cuando cenábamos en Tokio en 1997 en un restaurante sin menú de traducción, pedí anguila sin saberlo; Felipe, amable, me intercambió su platillo con una sencillez que no olvido. 

Hoy todo es personal porque no se puede narrar el sentimiento de tristeza y desasosiego sin recordar días más felices donde soñábamos con un país mejor. 

Esa era la esperanza que quería sembrar Vicente Fox como precandidato presidencial. ¿Qué nos pasó? Volteamos al pasado y sabemos que hay un gran bache de violencia por superar para que las nuevas generaciones puedan crear, construir e incluso litigar sin que las balas sean las que decidan el destino. 

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