Opinión

Fierros o personas

Al dedicar más dinero a las personas y menos a los fierros y productos subsidiados, los estados tuvieron capacidad para mejorar salud, educación, seguridad. 

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Por: Federico Reyes Heroles

La capacidad para tergiversar es fantástica. El origen está en un principio muy sencillo. Para qué sirve el estado: para garantizar el bienestar de las personas. Por eso no debe desviar sus recursos, léase dineros o energía, en las cosas, en los fierros. Lo primero es la gente.

A partir de la Revolución Soviética y con los llamados nacionalismos, muchos estados se convirtieron en grandes propietarios: siderurgias, discotecas o fábricas de bicicletas (México). Pero esas propiedades los empobrecieron. Propietarios, pero actores muy débiles en su capacidad para atender a las personas. Fábricas de coches, pero hospitales raquíticos, Inglaterra. Por eso apareció lo que hoy es el pandemonio, explicación absoluta de todos nuestros males: el neoliberalismo. Dos personajes Thatcher y Reagan cambiaron la fórmula. El centro debía ser el bienestar de las personas, no la propiedad o la posesión. No más propiedades que empobrecían a los pueblos.

En esa lógica -el bienestar como eje- también se dieron los primeros pasos para la apertura comercial. La quimera de la autarquía, es decir la capacidad potencial de producir todo lo que un país consume, como la mejor fórmula de independencia política, se desmoronó. Los costos para el bienestar de esa estrategia fueron enormes. Si un país puede producir cítricos o aguacate de manera competitiva, que produzca eso y que compre lo que escapa a sus posibilidades. El peor negocio es subsidiar productos con recursos públicos, quitar a las personas para disfrazar debilidades.

En esas estaba México, subsidiábamos por todas partes, y el bienestar no llegaba. Pero el pandemonio, el neoliberalismo, empezó a mostrar resultados. Al dedicar más dinero a las personas y menos a los fierros y productos subsidiados, los estados tuvieron capacidad para mejorar salud, educación, seguridad. Al abrir las economías las llamadas “ventajas comparativas” se impusieron. Producir aguacates en Montana es posible pero mucho más caro que en Michoacán o Jalisco. Así apareció un nuevo actor definitivo de la política contemporánea: el consumidor.

Qué mejor manera de beneficiar a las familias que facilitarles un satisfactores accesibles. Fue así como se logró que la pobreza extrema, disminuyera de manera asombrosa. Nada más en China los pobres extremos se contrajeron en alrededor de 500 millones. En el mundo los beneficios tangibles del pandemonio -estado no propietario y apertura comercial- han llegado a alrededor de un tercio de la humanidad, -recordemos a la India- cientos de millones que hoy tienen mejor alimentación, salud, seguridad, vivienda equipada.

Un estado menos propietario no es más débil, al contrario, es más fuerte en tanto que puede atender mejor a sus ciudadanos. El estado debe concentrarse en lo que debe hacer, no imaginar las posibilidades de lo que cree que puede hacer. La fórmula del pandemonio neoliberal demostró además que el estado es muy mal administrador, que muchos dineros públicos se pierden cuando el estado quiere producir y administrar de todo, petróleo, telefónicas, empresas de internet o trenes. Al tener menos responsabilidades administrativas se logra que el estado se concentre y profesionalice en sus funciones básicas, dejando a los privados correr las aventuras y riesgos de las inversiones.

O sea, esta historia ya la vivimos. Llegamos a la reforma energética y a la necesidad de que nuestra industria petrolera corriera la suerte de cualquier otra empresa, porque metíamos muchos dineros a un barril sin fondo, dineros que debían estar en salud o justicia. Pero allí vamos de nuevo. El Plan de Negocios de Pemex, supone de nuevo una brutal inversión de dineros públicos. Pero poco se dice de cómo corregir las deformaciones de la empresa: contrato colectivo, pensiones, falta de productividad.

De nuevo primero van los fierros y después las personas. Por un mínimo de cordura humanista, más para las personas, no para los fierros.

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