Hagan lo que Él les diga

“Por amor a Sión no me callaré y por amor a Jerusalén no me daré reposo, hasta que surja en ella esplendoroso el justo y brille su salvación como una antorcha… será corona de gloria en la mano del Señor y diadema real en la palma de su mano… ya no te llamarán Abandonada, ni a tu tierra desolada, a ti te llamarán mi complacencia y a tu tierra, desposada…” (Is. 62, 1-4).

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Por: Pbro. Carlos Sandoval Rangel

II domingo del tiempo ordinario

“Por amor a Sión no me callaré y por amor a Jerusalén no me daré reposo, hasta que surja en ella esplendoroso el justo y brille su salvación como una antorcha… será corona de gloria en la mano del Señor y diadema real en la palma de su mano… ya no te llamarán Abandonada, ni a tu tierra desolada, a ti te llamarán mi complacencia y a tu tierra, desposada…” (Is. 62, 1-4).

¡Qué duro cuando en los momentos difíciles de la vida pareciera que Dios se calla, cuando nuestros ruegos son insignificantes para Él! Así vive, a veces, el encarcelado, el que ha perdido su trabajo, el enfermo, el que pasa hambre u otras complicaciones existenciales. Pues todavía era más dura la situación del pueblo de Israel en el destierro; estaban sometidos a otro pueblo que los tenía como esclavos, lo cuales, incluso, les impedían alabar al Dios verdadero. Además, su ciudad, la gran Jerusalén, símbolo religioso y político, había sido destruida y ocupada por los enemigos. Pero, es ahí donde más atentos debemos estar a los signos de Dios.

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Es ahí donde surgió el profeta Isaías para anunciarles: “Por amor a Sión no me callaré y por amor a Jerusalén no me daré reposo, hasta que surja en ella esplendoroso el justo y brille su salvación como una antorcha” (Is. 62, 1-4).

La promesa de Dios se cumplió cuando, un día, movió el corazón del rey Ciro, no sólo para permitir que el pueblo de Israel regresara a Jerusalén, sino que incluso les ayudó a reconstruir el templo y la ciudad. Así, el pueblo, una vez más, volvió a constatar la grandeza de Dios y a entender que sólo en Él debe poner toda su esperanza.

Pero el anuncio del profeta no valió sólo para esa respuesta divina inmediata, sino que era también el anuncio de la liberación definitiva que un día ofrecería el Mesías, Jesús. Se construía un camino nuevo que no solo conducía hacia Jerusalén, sino hasta Cristo. Se estaba reconstruyendo no un camino físico, sino el mejor de todos, el camino de la fe y la esperanza.

La liturgia de la palabra, hoy nos hace un enlace entre el anuncio del profeta y el pasaje de las bodas de Caná. Cristo se hace presente en las bodas de Caná, donde empieza a manifestar la gloria de Dios y a reconstruir el camino de la fe. En la boda aparece la figura de María Santísima, que siempre nos conduce hacia el Camino. De ahí, que, ante la angustia porque se acabó el vino, es ella quien los conecta con Jesús: “Hagan lo que Él les diga” (Jn. 2, 5).

El profeta Isaías, sin saber en concreto cómo, abría a la esperanza de un camino nuevo. María, por su parte, nos presenta ese Camino nuevo, su Hijo. María nos induce a Jesús, en quien quedan superados los elementos viejos; por eso, en adelante, ya no importan las tinajas de las purificaciones, ahora importa el vino nuevo del amor y la gracia, que Cristo nos ofrece con su obra redentora. El camino de la libertad ya no nos lleva a una ciudad terrenal, a la Jerusalén terrenal, sino a la Jerusalén celestial, a la Casa del Padre en gloria del Cielo.

Que nuestra indiferencia y nuestras tibiezas no nos impidan contemplar los muchos signos de la presencia de Dios, los cuales nos ayudan a recorrer con firmeza el camino de la fe. No advertir la presencia de Dios fue lo que llevó al pueblo al destierro, se hizo esclavo por sus infinitas equivocaciones. Pero, también, el alejamiento del hombre hacia Dios sigue siendo la causa fundamental de los signos de la muerte en el tiempo presente.

¡Hagamos lo que Él nos diga!

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