Hilos sueltos

El trabajo a distancia cansa, provoca baja productividad  en las empresas y presiona a las familias que deben compartir espacio en casa.

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Por: Enrique Gómez Orozco

El trabajo a distancia cansa, provoca baja productividad  en las empresas y presiona a las familias que deben compartir espacio en casa. Hay una fricción inherente entre el ama de casa que trabaja, los hijos que estudian y el padre que también cumple con sus tareas en el hogar. 

Al principio fuimos entusiastas de las videoconferencias y la novedad que representaban para intercambiar información y acordar planes, estrategias y decisiones. Con el tiempo las distracciones, interrupciones y tentaciones hogareñas robaron buena parte de nuestra jornada. 

Los expertos en productividad dicen que una interrupción siempre nos distrae por lo menos 15 minutos. Perdemos concentración y enfoque, también el hilo de conversaciones en Zoom o en otras plataformas. No estamos acostumbrados a la interactividad por videoconferencia, Hay quienes apagan su cámara porque no se han peinado, porque no quieren que los demás vean cómo se distraen o si tienen prioridades distintas a la reunión. 

Vemos a quienes, sin la menor cortesía, chatean con su teléfono o ven otra pantalla mientras otros divagan en quién sabe qué sueños de día. Aunque los rostros están ahí, las miradas se extravían y la atención más. No quiere decir que eso no suceda en reuniones presenciales, pero es más evidente la distracción o la ausencia mental cuando hay una pantalla de por medio. 

Luego hay quien no sabe a ciencia cierta quién lo escucha o cuántos participan en la reunión. Eso le pasó a la senadora de Morena, María Merced González quien ventaneó a López Obrador al decir en público que le interesaban mucho las elecciones de Nuevo León y Jalisco. A nuestra apreciada Malú Micher le tocó que sus compañeros vieran una escena familiar dentro de su casa a través de una pantalla.

También se da el fenómeno de la dejadez. Si no tengo que ir a la oficina puedo ponerme pants e incluso, si da flojera, dejar el regaderazo cotidiano para después. Un amigo comentaba que le llegó la depresión con esos hábitos de encierro. De inmediato reaccionó y encontró un lugar de aislamiento donde pudo trabajar en santa soledad. 

Sabemos que la herramienta de comunicación a distancia por Zoom, Teams, Meet, Skype y otras plataformas ayudan a ahorrar tiempos de traslado y acercan a personas que pueden estar al otro lado del mundo. La distancia murió. Hay empresas que aprovechan a empleados del conocimiento sin importar en qué país o uso horario estén. Basecamp, una plataforma de trabajo, contaba hasta hace poco con menos de 100 colaboradores, algunos de ellos dispersos en varios países. 

La contratación de empleados trasnacionales logra incrementos en la productividad en algunos países como Estados Unidos y estragos en mercados deprimidos como Argentina. 

En el país sudamericano hay talento intelectual en desarrollo de tecnología. Jóvenes con ambición se unen a empresas extranjeras con un sueldo 3 o 4 veces mayor al que reciben en Buenos Aires. Lo peor, no reportan el ingreso ni pagan impuestos en su país. 

Mientras eso sucede, las empresas tenemos que medir de forma distinta la productividad interna; los relojes checadores ya no sirven. En muchos casos los horarios rígidos y homogéneos dan paso al estilo personal. La productividad tiene que medirse en resultados y atención. Aunque lejos, todos debemos estar atentos a nuestros pendientes y listos para resolver problemas justo cuando se presentan. 

Surgirán formas híbridas de trabajo. Casa, oficina y escuela perdieron los muros que las separaban. El tema ahora es cómo ir todos juntos hacia una misma dirección, estando lejos. 

Los hilos no pueden estar sueltos para crear un buen tejido. 

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