Inflación y elecciones

Con la inflación anualizada de marzo el país se enfila a un nuevo problema, como si fueran pocos los que ya tenemos. Con el 4.6% de aumento anualizado en los precios, el presupuesto de las familias y las empresas se achica, incluso el del mismo Gobierno.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Con la inflación anualizada de marzo el país se enfila a un nuevo problema, como si fueran pocos los que ya tenemos. Con el 4.6% de aumento anualizado en los precios, el presupuesto de las familias y las empresas se achica, incluso el del mismo Gobierno. Nuestros pesos valen menos.

En una economía sólida no importa tanto. Los ingresos de las personas crecen; las empresas pueden defenderse porque tienen utilidades y los gobiernos mantienen su capacidad de inversión y gasto; hay impuestos por cobrar. Aquí nada de eso sucede.

La mayoría de las empresas, golpeadas por la peor recesión de la historia, no pueden elevar salarios y emparejarlos a la carestía. Aunque el salario mínimo haya aumentado en un 20%, sólo sirve a quienes ganan muy poco. El propio Gobierno recibirá menos ingresos este año; las utilidades del 2020, o son menores en la mayoría de las empresas o de plano no existen. Tomemos el ejemplo del sector servicios. Hoteles, restaurantes y bares perdieron lo que nunca. Miles cerraron. Las aerolíneas y los autobuses foráneos tuvieron la peor época. Los cines perdieron miles de millones de ingresos.

De los pocos rubros que crecieron fue la agroindustria, sector que no se distingue por contribuir mucho. Así las cosas los ingresos públicos serán menores y se recuperarán hasta el 2022 o 2023, cuando el crecimiento regrese a la recaudación. Mientras tanto la Secretaría de Hacienda tendrá que pedir prestado para completar el gasto público. No hay de otra. Las empresas harán lo mismo. Volver a la austeridad sería suicida para la 4T.

El Banco de México no puede permanecer cruzado de brazos ante el alza de precios. Los ahorradores pierden dinero todos los días. Las tasas de Cetes son del 4% y son negativas. La única forma de parar la inflación es aumentar las tasas y frenar la incipiente recuperación. Eso limitará el crecimiento.

Las amas de casa, maravillosas economistas que logran milagros con el gasto, ven en los anaqueles del súper o de la tienda de la esquina el aumento en los precios. Los automovilistas ya sienten el aumento de precio en la gasolina, que por cierto es reflejo del aumento en el precio del petróleo y no tanto de la voracidad de los gasolineros como se dice en la mañanera.

Eso es veneno para el Gobierno y rebasa los estímulos de cualquier programa asistencial. Si la inflación se dispara  antes de las elecciones, podría ser un factor determinante en los resultados. Morena no sólo podría perder terreno sino la mayoría en el Congreso. En una democracia la pregunta esencial, la prueba del ácido antes de una elección es: ¿está usted mejor o peor que antes? Si la mayoría está peor que antes, podemos adivinar el resultado a pesar de todo el esfuerzo asistencial.

Las promesas de elevar las pensiones a adultos mayores y reducir la edad de 68 a 65 años para recibirlas es sólo eso. No hay con qué. El ex secretario de Hacienda, Carlos Urzúa, lo explica con claridad: el presupuesto tronará con la tasa de crecimiento de las pensiones del 10% y una economía en recesión. Cualquier persona medianamente educada comprende que si no hay aumento en la productividad, la inversión y el entusiasmo por emprender, no habrá dinero que alcance para soportar el bienestar a través de puro gasto en pensiones. 

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