Opinión

José Emilio en Guadalajara

A los veintitantos años comencé a asistir a las conferencias que José Emilio Pacheco impartía cada año en el Colegio Nacional.

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Por: Héctor de Mauleón

A los veintitantos años comencé a asistir a las conferencias que José Emilio Pacheco impartía cada año en el Colegio Nacional. De lunes a viernes, José Emilio hablaba durante un par de horas, sin mirar apenas el mazo de cuartillas que guiaba un discurso cargado de hallazgos, de cosas novedosas: verdaderos secretos revelados.

En esas tardes Pacheco volvía de carne y hueso a las sombras. Hizo desfilar completa a la generación modernista y reveló cómo la habían determinado los versos de Baudelaire y la bombilla eléctrica. Habló de Payno, de Nájera, de Darío y de Altamirano. Los jóvenes lo escuchábamos sin parpadear, muchas veces con la boca abierta.

José Emilio conocía los artículos de Nervo y de Urbina que estaban sepultados en periódicos desde hacía 100 años. Sabía dónde había estado la redacción de tal o cual periódico, y era capaz de describir la ruta que los diversos colaboradores debían seguir para llegar a estos.

No sé cómo se dio, pero los viernes al cerrar su ciclo de conferencias, José Emilio subía a mi auto —un cacharro viejo al que le sonaba todo— y aceptaba ir por unas cubas y unos tacos de cochinita al restorán Xel-há de la colonia Condesa, o por una tortas de milanesa al todavía animado bar Nuevo León.

La primera vez que hicimos el trayecto se me quedó grabada para siempre. Desde las calles del viejo centro, y a lo largo de Avenida Hidalgo, Paseo de la Reforma y Avenida de los Insurgentes, Pacheco fue citando la suma de edificios, cafés, cines, cantinas, oficinas, letreros, restaurantes que en otros días habían existido en esos sitios. Durante un momento sentí, no que estaba atrapado en el tráfico infernal de las ocho, sino que atravesaba otra cosa: lo que fue.

Esa noche, José Emilio me dijo que en una ciudad como esta, atada a sus “lentas destrucciones”, había que mirar las cosas como si fuera la última vez, porque era muy probable que no las volviéramos a ver.

Yo había leído, desde luego, una buena cantidad de cosas suyas. Las batallas en el desierto, El viento distante, El principio del placer, la novela Morirás lejos, algunos libros de poemas. Esa noche entendí con claridad lo que luego encontré en poemas como Irás y no volverás y Contraelegía: que su tema era lo que se ha ido. “Mi único tema es lo que ya no está. / Solo parezco hablar de lo perdido. / Mi punzante estribillo es nunca más”, escribió. Escribió también: “A todas partes / vamos a no volver. / Estamos por vez última / en dondequiera”.

A Pacheco le obsesionaba la brevedad del instante y por eso quería regenerarlo a través de la memoria. Lo intentó con sus poemas, con sus ensayos, con sus relatos, con sus novelas, y desde luego con sus “Inventarios”, la columna cultural que publicó a lo largo de medio siglo, y que acaso constituye uno de los puntos más altos de su obra.

Pienso en tres muchachos que a fines de los 50 se reunían a platicar en el Kikos: Carlos Monsiváis, Sergio Pitol y José Emilio Pacheco. A los dos primeros les maravillaba la erudición, la curiosidad, la capacidad totalizadora que a los 17 años ya tenía José Emilio, y que le permitía arrojar luces nuevas sobre un hecho, mediante el recurso de juntar pequeños sucesos históricos, sociales, culturales.

Para hablar de Jack “El Destripador” traía a cuento la invención del cinturón de castidad, la miseria de los barrios de Londres, la música, la moral, los libros y hasta los anuncios publicitarios que circulaban en Inglaterra cuando “El Destripador” comenzó a actuar. Podía explicar incluso cómo la ficción entregó el antídoto de aquellos crímenes, mediante la creación de Sherlock Holmes.

Circula en la FIL de Guadalajara una antología general de la obra de José Emilio, El infinito naufragio, preparada por su hija Laura Emilia. Al recorrer las 400 páginas por las que desfilan momentos estelares de sus libros, sabiamente escogidos por Laura Emilia, volví a sentir la emoción, la sorpresa, el deslumbramiento y el anonadamiento que me produjeron aquellas lejanas lecturas, aquellos remotos encuentros en El Colegio Nacional y en las calles de una ciudad que, como intuía Pacheco, ahora ya tampoco está.

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