Klara, la amiga artificial

No hay mejor forma de escapar de la turbulencia política que leer una novela de calidad .

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Por: Enrique Gómez Orozco

No hay mejor forma de escapar de la turbulencia política que leer una novela de calidad . A diferencia de las series de televisión, un libro nos hace poner más de nuestra parte. Mucho más. La lectura establece lazos íntimos en dos sentidos. El autor nos habla y nosotros hablamos con nosotros mismos, pausamos y reflexionamos. 

A principios de año, Kazuo Ishiguro, el premio Nobel de Literatura de origen japonés pero establecido en Inglaterra desde los 5 años de edad, publicó su última obra: “Klara y el Sol”. Una historia de ciencia ficción. Klara es una AA (Amiga Artificial), un robot fabricado para acompañar a una adolescente y ayudarla en su tránsito a la vida adulta. 

Ishiguro sólo ha escrito ocho novelas pero son suficientes para obtener el Nobel. Su obra central es “Lo que queda del día”, novela que fue llevada al cine con la extraordinaria actuación de Anthony Hopkins y Emma Thompson. Un mayordomo inglés que, durante la época anterior a la Segunda Guerra, no puede comunicar su enamoramiento a una ama de llaves que lo acompañaba en su responsabilidad de atender a un Lord. Con la fineza de la sensibilidad oriental y el dominio perfecto del Inglés, Ishiguro crea y recrea la flema inglesa de un hombre que desecha la oportunidad de expresar sus sentimientos y pierde lo que sería el amor de su vida..

En Klara y el Sol, Ishiguro adelanta el reloj para explorar lo que significa ser humano. A diferencia de otras novelas distópicas de ciencia ficción donde robots se vuelven contra sus creadores, Klara es un androide alimentada por el Sol con una percepción expandida de la realidad. Sin especificar cualquier aspecto teórico o técnico de la ciencia que nos podría brindar robots sensibles, con memoria y capacidad de juicio, Ishiguro “humaniza” a la máquina y la convierte en un ser extraordinario, tan humana o más que los personajes de carne y hueso en la novela. 

El talento de Ishiguro avanza siempre en tres vertientes: su poder y dominio del lenguaje que llega a tener matices de poesía; la profundidad de sus observaciones del alma humana y la creación misma de la trama y los personajes. El artista no necesita explicaciones científicas como lo hace Arthur C. Clark, el creador de 2001 Odisea del Espacio. Lo suyo es la exploración de cientos de ángulos y miradas. El uso de la fantasía para imaginar si en el futuro podríamos ser “replicados” en todas nuestras dimensiones en una máquina y conservados tal vez para siempre. O ser “levantados”  (editados genéticamente) para potenciar nuestra capacidad intelectual. 

Tal vez el inicio de esos “amigos artificiales” ya comenzó y ni siquiera lo veamos así. Los teléfonos móviles dejaron de ser eso para convertirse en asistentes personales,  vehículos hacia el conocimiento universal, el entretenimiento y la conversación infinita en redes sociales. En una docena de años invadieron nuestras vidas y establecieron una dependencia adictiva en la mayor parte de la humanidad. Alexa y Siri no son Klara pero llevan la semilla en una nube infinita de información. Nuestro móvil sabe a qué hora despertamos, cuándo y con quién hablamos y puede establecer patrones mediante algoritmos, de nuestros gustos, capacidades y hasta adicciones digitales. Pronto será asistente médico y consejero de temas particulares. 

La robotización de sus interacciones a veces nos parecen más de un asistente de carne y hueso que el de una computadora en Amazon o en Apple. La reflexión detenida de la última obra maestra de Ishiguro lleva a pensar en una sola cosa: cómo podemos ser más humanos a partir de las herramientas cibernéticas a nuestro alcance. 

Aclaración. Mucha es la distancia entre estas observaciones de un fan de Ishiguro y un crítico literario. En YouTube y en Google podemos ver y escuchar a verdaderos críticos y al propio autor, inicio de una profecía que se puede cumplir con los asistentes artificiales llave en mano. 

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