La amenaza de la anarquía

Un fantasma puede ensombrecer al país si falla la más elemental capacidad que debe tener un gobernante: saber conservar la paz y el orden. En los últimos días estallan graves conflictos en Chiapas, Guerrero y Michoacán.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Un fantasma puede ensombrecer al país si falla la más elemental capacidad que debe tener un gobernante: saber conservar la paz y el orden. En los últimos días estallan graves conflictos en Chiapas, Guerrero y Michoacán. 

Las raíces de manifestaciones violentas van, desde la inconformidad permanente de maestros normalistas hasta los ataques de grupos del crimen organizado. El país no vive en paz en varios estados donde han matado o secuestrado a candidatos. También hay lugares de tranquilidad imperturbable como Yucatán, Campeche y Coahuila. Sin embargo, la constante en muchas regiones es la violencia, las manifestaciones destructivas y la impunidad. 

El Presidente dijo algo que me estremeció: “Si quieren clases de desobediencia civil yo se las puedo dar después de las elecciones, para que se manifiesten frente a la autoridad”. Hay una disociación de la realidad o una barbaridad incomprensible en sus palabras. Sabemos que fue experto en bloquear pozos petroleros o en estrangular a la CDMX con su inútil manifestación en la avenida Reforma. Llamar a los manifestantes a que lo hagan en paz no está mal, pero nadie en su sano juicio creería que los maestros de la CNTE o miembros del crimen organizado salgan algún día pacíficamente a formar una resistencia civil frente a la autoridad. 

Además la autoridad máxima que hay en el país es él. El Presidente de México es el titular del Poder Ejecutivo y Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas. En un momento dado de anarquía y malestar social generalizado es quien debe tomar las decisiones más difíciles. 

La pandemia, el problema de medicinas, atención de la salud o cualquier desastre nacional palidece ante la desgracia más grande que se puede dar en el país: LA ANARQUÍA. Porque de la resistencia civil a la revuelta violenta sólo hay un paso. Cualquier malestar social auspiciado por personeros de intereses inconfesables puede generar una tragedia como la del 68, o algo peor. 

La desgracia del 68 comenzó con un pleito deportivo y escaló por el autoritarismo de Gustavo Díaz Ordaz. Entonces la lucha era de un gran idealismo. Había sed de libertad y democracia, de cambio. El Gobierno aplastó la manifestación en Tlatelolco. Toda una generación quedó marcada por el crimen. 

En Chiapas detuvieron a manifestantes violentos. Los encarcelaron. Otros más violentos llegan a las calles y destruyen las oficinas del INE en Tuxtla Gutiérrez. No descansarán hasta que liberen a sus compañeros. El gobierno estatal puede mantener firme la decisión de no soltarlos porque violaron la ley. ¿Qué sigue?

La Secretaría de Gobernación interviene, cede el gobierno de Chiapas, libera a los normalistas. La escena puede repetirse en Oaxaca, Michoacán y Guerrero. 

El clima de crispación permite que líderes oportunistas, manipulados pongan de cabeza al país. No hay recursos para cumplir con las solicitudes, para otorgar todas las prebendas, pagos y prestaciones exigidas. Hace ya medio siglo Luis Echeverría, en su demencia, quiso reducir la pequeña propiedad agrícola a 20 hectáreas. Lo quería anunciar en Sonora. El entonces gobernador Armando Biebrich le sugirió no hacerlo. “Incendiaría al país”, le dijo el joven político. Echeverría enfureció pero hizo caso. 

Como decimos coloquialmente: deben tantearle el agua a los camotes. Gobernar en paz y prosperidad económica es el ideal de todo buen político. Hacerlo desde la anarquía, la desobediencia civil o atizando el malestar social desde el poder, además de criminal, sería suicida para Morena. Se extinguiría como partido. 

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