Opinión

La armonía es mejor y cuesta poco

En poco menos de un año la polarización política continúa y crece.

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Por: Enrique Gómez Orozco

En poco menos de un año la polarización política continúa y crece. Eso no es bueno para nadie. Desde el poder la propuesta de “serenarse” es buena pero se rompe cuando escuchamos hablar de “adversarios”, “medios conservadores” y otros calificativos. 

Cuando los alcaldes de oposición acuden a las puertas de Palacio Nacional para pedir más recursos los reciben con gas pimienta, peor que a vándalos anarquistas. Se crispan las relaciones y el encono crece ante la falta de tacto político. 

Recuerdo la anécdota de un alcalde brillante de León que tuvo una manifestación semejante a las puertas del Palacio Municipal. De inmediato hubo guardias apostados para evitar el paso de la muchedumbre. Entonces el Presidente pidió dejar entrar a la gente porque esa era “su casa”, sólo tendrían que entrar en orden. De inmediato los quejosos se serenaron, nombraron una comisión y dialogaron. 

Imposible imaginar a Juan Carlos Romero Hicks y a los alcaldes del PAN hacer destrozos como los anarquistas. Para quien estuviera en Palacio Nacional hubiera sido muy fácil recibirlos en “su casa” y escucharlos al igual que ocurrió con los maestros del CNTE o con cualquier otro grupo. 

Quien tiene el mandato de la Nación puede y debe conciliar a todos los grupos, sean simpatizantes o de oposición. La grandeza, el amor predicado va en sentido contrario a la recepción gaseosa o a dirigir al consumidor en contra de Kimberly Clark porque sus principales accionistas como Claudio X. González no le son gratos. 

A todos los presidentes que voluntaria o involuntariamente promovieron la división, el encono y el sectarismo, les fue mal. Recordamos a Luis Echeverría en contra de los empresarios o los agricultores. Su sexenio terminó en crisis. 

Lo mismo pasó con José López Portillo, quien apuntó a los banqueros como culpables de la devaluación y la fuga de capitales, cuando él lo había provocado con políticas erráticas. 

El mejor presidente de los últimos años, Ernesto Zedillo, dedicó su tiempo a resolver los problemas del país sin atacar a nadie, sin dividir, sin culpar. Asumió la crisis del 95 como propia y no responsabilizó a Carlos Salinas o a Estados Unidos. 

Al final del sexenio la economía fue la mejor que recordamos; aceptó de buena gana la alternancia en el poder y se retiró a la labor académica. Su prudencia vale oro y su prestigio crece. El silencio habla más que todas las peroratas en contra de neoliberales, conservadores o fifís. 

El viejo dicho de “siembra vientos y cosecharás tempestades” puede materializarse si desde las conferencias matutinas se alimenta el encono, se divide a México entre buenos y malos o simplemente en los “otros” y “nosotros”. 

Cuando alguien critica a Carlos Slim por estar cerca del Presidente, por aguantar en silencio la destrucción del aeropuerto de Texcoco del que era socio, siempre contesto que su postura es sabia. Va más allá del dinero o los negocios; el ingeniero Slim sabe que México lo necesita más que nunca y quienes lo admiramos, también sabemos que si le va bien al país, puede irnos mejor a todos. Si el barco naufraga, la mayoría nos ahogamos. 

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