Opinión

La guerra de Bartlett

La reforma energética de 2013 modificó las leyes para bien de los consumidores y los nuevos productores de sistemas de celdas solares; se podría producir electricidad y conectarse a la red de distribución de la CFE.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Hace 8 años instalé celdas solares en casa como un respaldo para apagones. Su capacidad se limitaba a la alimentación de baterías que duraban 24 horas y no sustituían la compra de energía a la CFE. Todo cambió.

La reforma energética de 2013 modificó las leyes para bien de los consumidores y los nuevos productores de sistemas de celdas solares; se podría producir electricidad y conectarse a la red de distribución de la CFE. Desde los techos de las casas podría generarse la suficiente energía para hacer sustentable el consumo doméstico. 

La idea fue replicada porque la inversión se paga en un plazo de 4 a 6 años. Los recibos de luz bajaron a una décima parte porque el consumo se equilibra con lo que inyectan los paneles a la red de la CFE. 

Si bien la idea era excelente para la microeconomía de los hogares, resultó fantástica para la inversión masiva en la producción privada de electricidad. Florecieron las “granjas solares y de viento”. Una revolución comenzó en el país cuando tuvo fin el monopolio eléctrico que había prevalecido desde la estatización de la industria hace 60 años. 

México tiene una geografía privilegiada para producir energía solar y eólica. El sol y el viento podrían suplir en el futuro buena parte de la generación que hoy reportan las termoeléctricas de gas y de combustóleo. 

El problema surge cuando la CFE, encargada de la distribución comienza a perder terreno. Sus deudas y pasivos laborales la convierten en la segunda empresa vulnerable del Estado después de Pemex

Llega Manuel Bartlett y decide armar la guerra contra el mercado. La ineficiencia de la paraestatal se podría compensar fijando precios y condiciones unilaterales. Lo quiso hacer con los contratos de suministro de gas y ahora quiere cambiar las reglas a los inversionistas privados. 

Según datos publicados por Reforma, las empresas privadas producen energía a más bajo precio, casi al 25% de los costos de la CFE. Volver al monopolio es la única salida de un gobierno que aborrece las soluciones del mercado. 
Como ya no hay independencia en los organismos de control creados con la reforma de 2013, cualquier día llegarán a las casas con celdas solares, recibos que no justificarían invertir en energía renovable. 

Lo mismo pasará con los grandes productores independientes cuando les cobren lo que la CFE quiere para pagar sus pasivos. Las granjas solares y eólicas dejarán de ser rentables y perderemos la oportunidad de tener energía abundante y barata. Los consumidores pagaremos todo. Nada es gratis. 

Quienes invirtieron en celdas y en generadores de viento, pasarán el doble o el triple de años para justificar su instalación. En lugar de remediar la baja productividad de la CFE, la nueva administración pasará la factura al consumidor cautivo. 

La tecnología jugará en contra de la decisión de Manuel Bartlett y la CFE porque en la década que inicia, el almacenamiento de energía será uno de los avances más importantes de la humanidad. Los particulares podrán guardar energía con el desplome en los precios de las pilas domésticas e industriales. Se necesitaría una verdadera dictadura para prohibirlo.

Así como Bartlett causó una crisis con Canadá al negarse a cumplir los contratos establecidos con las empresas dueñas de los gasoductos, en el horizonte tendremos otra tormenta si les cambian las condiciones originales a quienes invirtieron de buena fe. 

Resucitar monopolios estatales ya no es tan fácil como antes sin estropear rápido la economía. Lo veremos pronto. 

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