Opinión

La horca o el infierno en la Tierra

Si hiciéramos una encuesta entre ciudadanos informados sobre la muerte de Fátima, la niña asesinada en Tláhuac, y preguntáramos si aprueban la pena de muerte para el asesino, sobrarían mujeres y hombres que estén de acuerdo. 

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Por: Enrique Gómez Orozco

Si hiciéramos una encuesta entre ciudadanos informados sobre la muerte de Fátima, la niña asesinada en Tláhuac, y preguntáramos si aprueban la pena de muerte para el asesino, sobrarían mujeres y hombres que estén de acuerdo. 

Sabemos que por nuestra tradición cristiana y nuestro apego a la Declaración de los Derechos Humanos de la ONU, eso nunca sucederá en México. La siguiente pregunta que tendría una respuesta mayoritaria es la cadena perpetua. 

Los 65 años de prisión que los legisladores apuraron frente al horror que vive el país equivalen a esa pena. 

En varias ocasiones recurrí al pensamiento del filósofo inglés Bertrand Russell para aclarar temas complicados. Los hechos y sólo los hechos nos llevan al conocimiento de la realidad.

Cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador dice que el neoliberalismo es el causante de la muerte de Fátima, hay muchas voces y editorialistas que lo desmienten con datos.

Luis Cárdenas en El Universal y AM; Pascal Beltrán del Río y Francisco Garfias en Excélsior, entre otros, dan ejemplos de países neoliberales cuyos índices de criminalidad son bajísimos, casi nulos. 

Cuando el Presidente suelta un decálogo moral del deber ser como si fuera un sermón religioso que acabará con la barbarie, pierde toda la credibilidad y desgasta su deteriorada práctica de brindar consejos en lugar de soluciones concretas. 

Japón, Hong Kong y los nórdicos tienen tasas de homicidios y feminicidios menores a 1 por cada 100 mil habitantes. Menos de la veinteava parte que México. Menos de una centésima parte en Singapur. 

En pocos países se practica la pena de muerte ya, con sus grandes excepciones como China y Singapur o los países musulmanes que tienen la ley sharia como base de sus sistemas penales. 

En Singapur no se complican la vida: si alguien mata a un semejante, va a la horca. Punto. Si le quitas la vida a una mujer o un hombre, a un policía o a cualquier persona, lo pagas con la vida propia. Por eso los únicos homicidios que existen se dan al calor de una riña, un ataque de celos o algo semejante. Los asesinatos a sangre fría casi no se dan.

Pero no tenemos que ir tan lejos para ejemplificar el poder de la ley cuando se aplica bien y se cumplen las sentencias. En Guanajuato bajaron los secuestros porque hoy están más penados que un homicidio. Las condenas hasta de 60 años de cárcel, en condiciones de aislamiento, hacen pensar muchas veces a los secuestradores si operan en el estado o en algún otro lugar. 

Los hechos nos dicen que la criminalidad y los feminicidios no tienen que ver con el modelo económico liberal o neoliberal, sino con la impunidad y la falta de aplicación de la ley y las sentencias.

El problema no se resolverá con las tesis peregrinas de la nueva Administración. Ni abrazos   ni regaños ni sermones morales desde el poder detendrán a los asesinos. 

Pesará más la fuerza creciente que adquieren las mujeres hartas, ofendidas y lastimadas por los asesinatos. Sus pintas al Palacio del gobernante son una fuerza indispensable. Obligan a actuar a los legisladores de Morena y a las autoridades de la CDMX con la celeridad que no tuvieron antes. 

Por cierto, los asesinos no son seres humanos, son lo contrario, seres inhumanos porque carecen de la mínima humanidad.

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