La ley y el voto son la única voz del “Pueblo” (Lo demás son gritos)

¡Que lo diga el pueblo! Grita el líder, que haya justicia para el pueblo lo repite una y otra vez. Desde niños escuchamos el mismo discurso, la misma cantaleta de todos los presidentes, gobernadores y “representantes populares”.

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Por: Enrique Gómez Orozco

¡Que lo diga el pueblo! Grita el líder, que haya justicia para el pueblo lo repite una y otra vez. Desde niños escuchamos el mismo discurso, la misma cantaleta de todos los presidentes, gobernadores y “representantes populares”. 

Imaginamos al pueblo como una columna de ciudadanos pobres y explotados. El pueblo fueron PRImordialmente los campesinos, “herederos auténticos de la Revolución Mexicana” y sustento de un régimen autoritario que duró más de 7 décadas en el poder. 

Hoy el Pueblo, definido de nueva cuenta desde lo alto, son los seguidores gritones de Félix Salgado Macedonio, como lo fueron quienes en una “consulta” espuria votaron por destruir el aeropuerto de Texcoco o la Cervecería en Mexicali. 

Sería extraño para los populistas definir o imaginar al pueblo sabio como los ciudadanos que van a votar en las elecciones, pagan sus impuestos y viven de su trabajo legítimo y en paz. Quienes dan sustento a las leyes con su voto. 

Todos somos Pueblo. 

Los médicos del sector público y los del sector privado, los empresarios que producen ideas, organizan negocios y generan riqueza. Las amas de casa que luchan día con día para ajustar su ingreso, para lograr que alcance en la cocina familiar. Pueblo, por supuesto, son los obreros y los comerciantes, los dueños de boticas y de peluquerías. Y Pueblo son los dueños de acciones en la Bolsa de Valores, a través de los fondos de inversión apuntalados por sus ahorros en las Afores. 

Si empezamos a segregar, a dividir, sucede lo que a la estructura de un edificio. Quitamos los cimientos, se cae; quitamos las trabes, se derrumba; quitamos los techos, se hunde. Las bases de nuestra organización política son las leyes, construidas desde el Congreso de la Unión. Nuestros representantes las establecieron después de haber sido electos “por el Pueblo”. Nos guste o no, son parte de nosotros mismos y de nuestra cultura democrática recién inaugurada en este siglo. 

El Instituto Nacional Electoral es del Pueblo. De nadie más. Si una bestia auto llamada “El Toro”, lo ataca, lo agrede, su embestida es contra el Pueblo y contra nadie más. Que desde el púlpito mañanero digan lo contrario no tiene sentido. Lorenzo Córdova, su presidente, y los consejeros son el árbitro que representa al Pueblo en ese empeño. Nadie más.

Pero a los líderes les gusta dividir cuando así les conviene. Para ellos el Pueblo son los que siguen sus designios, quienes pueden ser manipulados por un pedazo de ejido en el pasado o por una dádiva en el presente. 

El engaño está ahí. Es un rito casi religioso donde el líder se convierte en el único autorizado para interpretar, para traducir a las masas la voluntad popular. Como sumo sacerdote de la política nacional, supuestamente  es quien tiene en su pulso el alma de la gente y sus aspiraciones. Según esto, ningún otro político sabe ni conoce como el líder lo que quiere el Pueblo.

Eso va a cambiar el 6 de junio, por eso la angustia y la premura de hacer leyes que nos regresen  al pasado; por eso los ataques continuos contra las instituciones construidas por otros. Pueblo seremos quienes vayamos a votar, quienes decidamos en libertad. Ojo, cuando alguien le diga que el “Pueblo dice”, que el “Pueblo decide”, la única forma de saber si es cierto o no es  si está escrito en la ley. Esa es la única y verdadera voluntad popular, la ley. 

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