La más mortífera pandemia

La pandemia de 1918 fue la más mortífera en la historia de la humanidad. En ese año la población mundial era de mil ochocientos millones de personas y esa pandemia mató entre cincuenta y cien millones.

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Por: Vicente Aboites

La pandemia de 1918 fue la más mortífera en la historia de la humanidad. En ese año la población mundial era de mil ochocientos millones de personas y esa pandemia mató entre cincuenta y cien millones.

Para tener una idea clara y actual de lo que esto significa baste señalar que manteniendo una proporción comparable de defunciones y dada la población mundial presente de casi ocho mil millones de personas, el número de decesos correspondientes para un acontecimiento similar actualmente estaría entre ciento cincuenta y cuatrocientos cincuenta millones de personas, lo cual es más que la población de muchos países del mundo.

Por otra parte, la tasa de morbilidad de la pandemia de 1918, es decir; las personas afectadas, enfermas o incapacitadas, se calcula que llegó al cincuenta o sesenta y seis por ciento del total de la población mundial.  

Fue algo horroroso, simplemente indescriptible. Una historia de verdadero terror, poco conocida debido a que en ese momento se estaba luchando la Primera Guerra mundial y los principales países involucrados i.e. Alemania, Inglaterra, Francia, Italia y Estados Unidos (Rusia pronto estaría en medio de su revolución) tenían implementadas severas medidas de censura en la prensa, con objeto de no “perjudicar la moral” de la población. Sin embargo, un país que no participaba en la guerra y que por tanto no tenía censura, era España.

Los periódicos españoles publicaban noticias sobre la terrible pandemia que azotaba a la nación y por tanto en el resto del mundo la pandemia de influenza llegó a conocerse como “gripe española” a pesar de que en realidad no se originó en España sino en Kansas, Estados Unidos. Desde diciembre de 1917, catorce de los dieciséis campamentos militares de entrenamiento norteamericanos, habían sido afectados por gripe y ya se habían constatado 12 muertos en octubre y 50 muertos en noviembre de 1917 en Camp Beauregart, y 172 muertos también en noviembre de 1917 en Camp Bowie.

Esto fue llamado la “oleada heraldo”. El segundo brote de la pandemia fue fatal, pasó al pueblo de Brest en Francia, por donde ingresaban las tropas norteamericanas participantes en la guerra. Los servicios médicos en Estados Unidos y Europa pronto fueron absolutamente rebasados.

En su desesperación los médicos civiles y militares usaron todos los elementos a su disposición incluyendo ideas anacrónicas totalmente inefectivas como, desangrado con sanguijuelas, estimular el flujo de moco, saturar al organismo con sustancias alcalinas, usar vacunas de tifoidea -o cualquier otra vacuna conocida con la esperanza de que sirviera de algo-, usar quinina utilizada en el tratamiento de malaria, inyecciones de agua oxigenada, productos de limpieza basados en cloro, todos los tratamientos homeopáticos y herbolarios imaginables, pero nada funcionó.

Los trenes y las embarcaciones militares repletas de soldados hacinados salían de su origen, pero al llegar a su destino había cientos de muertos y enfermos. Los soldados enfermos eran incapaces de ninguna función militar y morían en gran número no a causa de las armas enemigas, sino de la pandemia. Decenas de miles de soldados murieron debido a la pandemia.

La última gran ofensiva alemana tuvo lugar entre marzo y abril de 1918. El mayor ataque aislado de la guerra comenzó el 21 de marzo y se prolongó hasta el 5 de abril, el resultado fue devastador. Los países aliados esperaban un último ataque que debido a la enfermedad de sus tropas sabían que no podrían contener. Sin embargo, este último y probablemente definitivo ataque alemán, nunca se dio pues las tropas alemanas también estaban siendo devastadas por la misma epidemia que afectaba a los aliados y que pronto se extendió a todo el mundo.

El libro “The Great Influenza” de John M. Barry presenta imágenes escalofriantes de esta pandemia como el diario del Coronel Gibson que con sus tropas era transportado a Europa en el barco Leviathan: “El barco estaba atiborrado con miles de soldados mientras el número de enfermos aumentó rápidamente, los doctores y enfermeras no de daban abasto, quejidos y gritos de los enfermos solicitando tratamiento aumentaban la confusión entre la insoportable pestilencia y charcos de sangre y vómito”.

Inicialmente el diario de a bordo señalaba ordenadamente el nombre de cada soldado fallecido, indicando el padecimiento y la hora del deceso, sin embargo, después de una semana de salir de Nueva York, ya solo se anotaba “fallecido a bordo” y la hora, sin mayor detalle.

Se puede leer: “Un fallecido 2:00 A.M., un fallecido 2:02 A.M., dos fallecidos 2:15 A.M., etc.” ¡durante toda la noche! y en la mañana los cadáveres eran tirados al mar, así, ¡todos los días! Otro ejemplo es la descripción de lo ocurrido en Alaska, lo cual raya en el surrealismo y la escatología.

Los diarios de las misiones de auxilio de la Cruz Roja narran sobre poblados y asentamientos vacíos, sin sobrevivientes o solo uno o dos famélicos desafortunados, y cientos de cadáveres devorados total o parcialmente por perros que al no tener quien los alimentara, tragaron todos los cuerpos que encontraron. El espectáculo era dantesco. En otras partes del mundo, como India, lo ocurrido fue también inenarrable.

En el libro mencionado se detallan también las embarazosas acciones del Médico General Rupert Blue, jefe de los Servicios Públicos de Salud de Estados Unidos quien no tomó ninguna acción preventiva para enfrentar la pandemia que inicialmente él consideraba “solo gripe común” y bloqueó fondos para investigación en neumonía, declarando a la prensa que “no había motivos de alarma”.

El General Blue y sus subalternos continuaron afirmando públicamente que: “La así llamada influenza española no es nada más que la tradicional gripe”. Se dieron instrucciones recomendando que, “todo lo que sea impreso sobre esta enfermedad debe limitarse a simples medidas preventivas”. 

También se difundió la idea de que: “La ‘actitud mental’ es lo que se requiere contra esta enfermedad, pues mucha gente la contrae solo por miedo”. Los políticos seguían afirmando que: “Nuestra obligación es alejar el miedo de la gente pues el miedo mata más que la epidemia”.

Muchos periódicos siguiendo esta retorica anunciaban: “¡No se asuste! Quienes más se asustan son los primeros en ser víctimas de la enfermedad”. Haciendo eco de este discurso oficial compañías como Vick VapoRub promovían su producto afirmando: “Se trata solo de la vieja Gripa con un nuevo nombre”. La advertencia para evitar multitudes llegó demasiado tarde.

La conclusión más importante de esta pandemia -señalada en el citado libro de John M. Barry- es que en toda crisis el gobierno debe de decir la verdad. Esto es; la necesidad de que los líderes políticos comprendan la verdad científica y establezcan una relación entre el pueblo y el gobierno basada en esta verdad. Desde luego, ellos mismos deben de ser ejemplo de lo que se debe de hacer.

La más importante lección es que las epidemias no se resuelven apelando a la fe, a la pseudociencia o a nuestros conocimientos ancestrales, sino única y exclusivamente a partir del más riguroso conocimiento científico.

Los políticos que no entienden esto, estorban más de lo que ayudan y son directamente responsables de miles de muertos.

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