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La palabra perdida

El secreto de los países desarrollados tiene un indicador supremo: productividad. Quienes ponen todo su esfuerzo para lograr metas crecientes de producción salen de la miseria a la pobreza, luego a la medianía para transitar a la prosperidad. 

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Por: Enrique Gómez Orozco

El secreto de los países desarrollados tiene un indicador supremo: productividad. Quienes ponen todo su esfuerzo para lograr metas crecientes de producción salen de la miseria a la pobreza, luego a la medianía para transitar a la prosperidad. 

En los dos años que pasaron desde la elección, la palabra productividad no aparece en el lenguaje de Morena o de los funcionarios públicos de alto nivel, comenzando por el Presidente. El presupuesto del 2021 asoma la cara entre cientos de conceptos y 376 páginas entregadas al Congreso para su aprobación. 

De entrada vemos un presupuesto plano de 6.3 billones (millones de millones de pesos). Igual al de 2020. Definir un gasto no tiene mayor chiste: se ponen en una columna los años anteriores, se le agrega o disminuye un porcentaje y ya. Todos hacemos eventualmente un presupuesto. Algunos con mucha precisión y con apuntes, otros lo llevan en la memoria. 

Lo cierto es que el Gobierno no tendrá ingresos suficientes para cubrir ese presupuesto. Tendrá que recurrir al endeudamiento. Contra lo que opina el propio López Obrador, deber no es malo, deber mucho o muchísimo tampoco es malo en sí mismo. El problema es cuánto produces. Para cualquier empresa próspera no hay problema en adquirir deuda si se utiliza en inversiones rentables. También hay tiempos de emergencia como el que vivimos donde no hay de otra: o pides una línea de crédito o te hundes y eso es lo más caro de todo.

Lo grave es no reconocer que la única forma de salir de la pobreza es con el aumento del PIB. Un ejemplo muy sencillo es China: pasó de 200 dólares por habitante hace 4 décadas a más de 11 mil para el 2021. Es el país más endeudado del mundo. En poco tiempo convirtió su economía en la segunda después de EU y en unos años producirá más que nuestro vecino. Todo lo hicieron con crédito interno. 

Su cuenta es sencilla: produce unos 15 billones de dólares y debe más de 40, casi tres años de PIB. Japón es otro ejemplo con una deuda interna de más de dos veces su PIB. La ventaja de los dos países es que deben en su propia moneda, en yuanes y yenes. México podría tener una deuda interna de una o dos veces su PIB si tuviéramos la productividad para pagar. 

Como no hemos crecido y este año reduciremos nuestra producción un 10 por ciento, al final del año deberemos más en proporción del PIB. En las naciones como en las empresas y en los hogares, el problema no es cuánto se gasta sino cuánto ingresa. También importa el “costo de oportunidad”. Al país le costará mucho más no haber recurrido al crédito masivo para enfrentar el Covid que haberlo hecho. Primero en sufrimiento, hambre y enfermedad, luego en expectativas de crecimiento futuro. 

El Presidente dice que va a patentar el modelo económico que inventó. Con todo respeto a su investidura, no sabe lo que dice. En sus ecuaciones imaginarias, repartir dinero de abajo hacia arriba soluciona los problemas. Quienes tienen preparación académica de alto nivel, como muchos de sus colaboradores, deben sentir pena ajena cuando asegura que una “economía moral” escrita sin sustento en la realidad, sin números y ecuaciones,  resuelve los problemas. Con algo de tiempo podremos echarle un vistazo más detallado al presupuesto federal para ver cómo nos irá. 

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