Opinión

La pandemia despertó a la oposición en México

Dos años después de que Andrés Manuel López Obrador (AMLO) noqueara a sus rivales en la elección presidencial mexicana, empieza a surgir desde los estados un movimiento de oposición encabezado por los gobernadores.

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Por: Carlos Loret de Mola

Dos años después de que Andrés Manuel López Obrador (AMLO) noqueara a sus rivales en la elección presidencial mexicana, empieza a surgir desde los estados un movimiento de oposición encabezado por los gobernadores.

Es el primer contrapeso político-electoral que enfrenta el poderoso mandatario. La sola posibilidad de ver unidos a todos sus rivales lo ha exhibido temeroso, a la defensiva, polarizando aún más y denunciando conspiraciones falsas para quitarle el poder.

De los 32 estados que hay en México, 25 son gobernados por la oposición. Después de arrasar en la elección presidencial, AMLO recorrió todas las entidades y empezó a trazar lo que sería su relación con los gobernadores: los invitaba a sus mítines y, como estaban llenos de lopezobradoristas, los gobernadores eran abucheados… hasta que dejaron de asistir.

Fue todo un símbolo: la oposición había sido derrotada, el presidente la humillaba, y esta prefería desaparecer. Así había estado este año y medio de gestión de AMLO, en el cual su popularidad ha caído 20% y su gobierno ha fracasado en sus tres promesas centrales: mejorar la economía, reducir la inseguridad y acabar con la corrupción… pero de la oposición, nada.

Hasta que llegó la pandemia. AMLO quedó exhibido internacionalmente en la corta y vergonzosa lista de los mandatarios que no tomaron en serio el peligro. Y cuando empezó a crecer la curva, el gobierno se mostró errático, contradictorio y mentiroso: México es hoy uno de los países del mundo con más muertes —casi cuatro veces más de las pronosticadas al inicio por el gobierno federal— y con los peores augurios de colapso económico.

En medio de la desgracia, el presidente declaró que la pandemia le “cayó como anillo al dedo”, pues le permitiría profundizar la transformación que desea para el país. En realidad, le cayó como anillo al dedo a sus opositores.

La inacción del gobierno federal para contener el golpe sanitario y económico de la pandemia —y su decisión de reabrir la economía cuando los casos siguen en aumento—, sumada a una criminalidad que luce fuera de control, ha detonado que la mitad de los gobernadores de oposición se aglutinaran en dos bloques. Uno de ellos es de puros mandatarios del Partido Acción Nacional, y el otro tiene integrantes de varios partidos: Revolucionario Institucional (PRI), de la Revolución Democrática (PRD) y Movimiento Ciudadano (MC). Empieza a haber oposición en México, pero está aún por demostrarse si pervivirá.

En franco choque con una administración federal cruzada de brazos, los gobernadores han tenido que actuar ante la pandemia. Están haciendo frente a las fallidas cifras federales de contagios y muertos con conteos propios, han anunciado programas de rescate económico de empresas y empleos que no impulsó el gobierno central, y han establecido sus propias rutas de reapertura de la economía.

Los gobernadores tienen además otras motivaciones: varios de ellos terminan sus mandatos y están en el juego electoral de sus propias sucesiones. Ante el vacío de figuras opositoras nacionales, pueden aspirar a ser “presidenciables” en las elecciones de 2024: muchos están pasando una buena racha de popularidad por tomarse más en serio la pandemia que el presidente, y han logrado rebasar a las dirigencias nacionales de sus partidos, que lucen aún aletargadas y sin lograr impacto en la discusión pública.

En los dos bloques de los gobernadores de oposición, el tono es diferente: son más duros en sus críticas los gobernadores panistas de Aguascalientes, Chihuahua y Tamaulipas, el emecista de Jalisco, el perredista de Michoacán, el priista de Coahuila, y el independiente de Nuevo León. Otros son más moderados en el tono, pero acuden a las reuniones públicas de los bloques de gobernadores, en las que se lanzan severos cuestionamientos al gobierno federal.

Por otro lado Morena, el partido del presidente, está resquebrajado y en peleas, al grado de que la nueva dirigencia acudió a la Fiscalía federal a denunciar a la dirigencia anterior. Además, varios gobernadores lopezobradoristas están entre los peores evaluados del país (los estados de Veracruz, Puebla y Morelos).

La desventaja para la oposición es que está dividida en dos bloques que tendrían que unirse. Pero los partidos aún no están convencidos de ir juntos a la elección de 2021, en la cual se renovará la Cámara de Diputados. Además, acarrean el desprestigio de la actuación de los ex presidentes emanados de sus partidos en gobiernos previos.

Hay que agregar que el PRI aún es una gran incógnita. Sus senadores han actuado como un dique opositor, en conjunto con otros partidos, para impedir que Morena arrase en el Congreso. Sin embargo, la mayoría de los gobernadores priistas ha decidido alinearse con el presidente. Y el dirigente nacional del partido parece tener un pie en cada lado.

No es un terreno desconocido para el PRI. Cuando en el 2000 perdió la presidencia, después de 70 años, se reconstruyó a partir de ser un “partido bisagra”: con el PAN en la presidencia y el PRD (lo que hoy es Morena) en franca oposición, el PRI inclinaba la balanza. Así se volvió el interlocutor más valioso.

Quizás el PRI intente el mismo juego. Probablemente por eso, buscando enamorarlos, el presidente no incluyó a ninguna figura priísta ni al partido en su denuncia de un presunto Bloque Opositor Amplio que busca quitarle el poder por la vía electoral. La acusación, que parte de un documento de origen desconocido y cuya autenticidad no podía asegurarse —lo cual aceptó el propio AMLO—, exhibe su miedo a una coalición opositora, la cual ve posible y considera que le puede ganar en las urnas.

Él ya se lo creyó. Falta ver si la oposición se la cree.

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