La tragedia del Metro y la debacle obradorista

El 4 de mayo el colapso de una viga en la Línea 12 del Metro de Ciudad de México provocó la muerte de al menos 26 personas y dejó a más de 70 heridas.

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Por: Carlos Loret de Mola

El 4 de mayo el colapso de una viga en la Línea 12 del Metro de Ciudad de México provocó la muerte de al menos 26 personas y dejó a más de 70 heridas. La tragedia es un misil a la línea de flotación del proyecto político del presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO): ante la tragedia, él se mostró frío, distante y poco empático con las víctimas, y sus dos políticos favoritos para sucederlo en el poder están bajo sospecha.

Directamente, AMLO no tiene nada que ver en la desgracia. Se le reclama su falta de empatía con las familias de las personas muertas y heridas. Un presidente que llegó al poder con la imagen de ser cercano al pueblo, pasó casi nueve horas sin ofrecer un solo mensaje de condolencia, no interrumpió su rutina de trabajo ni se tomó la molestia de visitar el lugar de la tragedia, ubicado en la misma capital del país en donde despacha.

“No es mi estilo, no me gusta la hipocresía; estoy pendiente, solidarizándome con familiares de las víctimas, pero esto no es de irse a tomar fotos, eso ya también al carajo”, dijo después como justificación. El fin de semana lanzó en redes sociales un video promoviendo la comida oaxaqueña.

A él no se le puede culpar del colapso. Cuando se construyó la Línea 12 ya había dejado de ser jefe de Gobierno de Ciudad de México. El problema es que quien la construyó, y quien debía darle mantenimiento después, son las dos principales figuras políticas de su movimiento, los dos “delfines” a quienes el presidente ha venido cultivando para su sucesión.

Quien construyó la Línea 12 es Marcelo Ebrard, el actual canciller y sucesor de AMLO en la jefatura de Gobierno capitalina. Ese proyecto lo ha perseguido por años: costó más del doble de lo presupuestado, se entregó tarde, hubo señalamientos casi inmediatos de fallos y, tras las auditorías iniciales, Ebrard se autoexilió en Francia por miedo a ser encarcelado.

Pero con este gobierno, Ebrard se ha convertido en la estrella del gabinete, una suerte de supersecretario de Estado a quien el presidente pide resolver cualquier tipo de crisis que surja: desde comprar pipas para distribuir gasolina y resolver el desbasto en 2019, hasta conseguir vacunas ante la fallida estrategia contra el COVID-19; y desde desactivar la amenaza de imposición de aranceles por parte del gobierno estadounidense de Donald Trump, hasta organizar el rescate en avión del expresidente boliviano Evo Morales. Ebrard, resucitado de ese autoexilio dorado, era el bombero favorito… hasta que se quemó: la Línea 12 lo tiene de nuevo en el banquillo de los acusados.

Quien debía dar mantenimiento a la Línea 12, para evitar este tipo de desgracias, es la doctora Claudia Sheinbaum, jefa de Gobierno actual de la capital. Es ubicada como la poderosa heredera política de AMLO. La gobernadora mejor evaluada del obradorismo es una sobria científica que ha intentado navegar, algunas veces con éxito, entre la necesidad de no contradecir a su mentor y gobernar la ciudad sin repetir los errores de AMLO. Pero tan solo este año el Metro ha tenido dos accidentes graves y con consecuencias mortales, por lo cual ella está también bajo sospecha.

Hasta el momento no ha habido una sola renuncia en su gabinete, ni se ha señalado algún culpable. Sheinbaum encargó un peritaje externo a una empresa noruega, de cuya capacidad e imparcialidad poco se sabe aún y, por ello, qué tan central será para dirimir las responsabilidades penales y asignar los costos políticos. Además, es previsible que los grupos políticos internos del obradorismo se enfrenten para tratar de culpar a los otros de la desgracia.

Sin mostrar empatía hacia los dolientes, con sus dos “delfines” heridos, la desgracia en el Metro puede ser una variable que derrumbe también el pronosticado triunfo electoral del presidente en las elecciones de medio término, porque dejó exhibido y radiografiado al grupo político de AMLO.

Exhibido porque esta vez, a diferencia de tantas otras, no pueden culpar de sus errores o falta de resultados a los gobiernos del pasado: AMLO y los suyos han gobernado por casi 25 años la capital. Y la radiografía sobre la situación de Ciudad de México en este cuarto de siglo queda al descubierto: los principales indicadores muestran que no ha habido una mejoría sustancial en temas como homicidios, inversión extranjera, escolaridad, violencia contra las mujeres, corrupción, o agua potable.

Esto sucede a unas semanas de las elecciones y cuando los candidatos de su partido, Morena, han ido perdiendo terreno en las encuestas. Además, el movimiento se encuentra fracturado por dentro y más de la mitad de los juicios ante el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación son contra Morena.

Esta falta de resultados tiene al presidente visiblemente molesto. El enojo se expresa en sus conferencias diarias y, para tratar de desviar la atención de esta tragedia, sigue puntualmente el peligroso manual de las autocracias: inventar intentos de golpe de Estado, denunciar presuntas conspiraciones orquestadas desde el extranjero y atacar a la prensa.

Ante unas elecciones fundamentales para la continuidad de su proyecto, que en esta tragedia AMLO no empatice con las víctimas, le noqueen a sus dos “delfines”, no pueda culpar a los “corruptos” del pasado, su partido esté dividido y queden en evidencia los malos resultados de los años que llevan gobernando, es quizá un caldero del que incluso este formidable y escurridizo político no pueda escapar. Lo veremos.

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