Opinión

La vida virtual

Todo quedó suspendido a la llegada del virus: graduaciones, bodas, juegos de futbol y beis, reuniones familiares y hasta las visitas de los nietos.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Todo quedó suspendido a la llegada del virus: graduaciones, bodas, juegos de futbol y beis, reuniones familiares y hasta las visitas de los nietos. Nos vemos por Zoom, platicamos por Facetime y dialogamos por WhatsApp. Todo es virtual. Terminada la jornada, frente a la pantalla, nos refugiamos en una película o una serie de Netflix. Por la noche, siempre en la oscuridad, se acumulan las angustias del día y el amanecer ya no parece como antes.

El tiempo pasa más rápido de lo imaginado. Cumplimos 4 meses en encierro y la curva de la pandemia está lejos de ser domada. De pronto aparecen nombres de personas queridas que dan positivo. Compañeros de trabajo que nunca supieron el día y el lugar en que se infectaron. Otros, nos dicen, simplemente no creen en la existencia del virus a pesar de tener preparación académica. La negación puede ser un serio conflicto psicológico, más que una creencia.

El torrente de información desorienta, y salvo la opinión de expertos confiables como el Dr. José Ángel Córdova o el Dr. Alejandro Macías, todo parece nebuloso y desconcertante. El presente lo conocemos por los números que avanzan, las curvas que crecen y la incertidumbre sobre el momento futuro en que podamos volver a respirar con tranquilidad.

Cuando salimos a la calle comenzamos a notar un cierto deterioro en las fachadas de los comercios, en los anuncios espectaculares rotos, como si la ciudad perdiera lustre. Pero también vemos brotes de vida. La rueda de la rosticería de los pollos de “La Carreta” gira como siempre desde hace 50 años. Con el mismo ruido de las brasas encendidas. “En 10 minutos estarán listos”, dice la voz amable de la encargada. Alegra ver en el Bulevar Campestre abierta la librería Gandhi. Por fin libros reales de papel y tinta. Al entrar miden la temperatura, dan gel antibacterial y saludan a los clientes, todos con cubrebocas. Con los protocolos de la nueva normalidad, esperamos a dos metros de distancia para pagar en una caja que tiene mica de separación.

La vida virtual toma una pausa, no sin arremeter de nuevo con dudas del futuro. ¿Cómo saldremos de esto sin perder la gobernabilidad?, ¿cómo podremos convertirnos en una mejor sociedad y vencer la tentación totalitaria que amenaza libertades?, ¿cómo podremos impedir que la desigualdad y la pobreza marquen al sexenio de la destrucción?

Los reclamos en la manifestación sobre ruedas siguen aunque con menos concurrencia que hace dos semanas. Resulta complicado pasar de la acción en redes sociales (la vida virtual) al mundo real. No obstante, alegra que la gente exprese sus sentimientos políticos sin miedo. Eso mantiene vivo nuestro espíritu democrático y reafirma que en México estamos muy lejos de permitir un destino como el de Venezuela.

Nuestra resistencia está a prueba. Cada día que se prolonga la epidemia tenemos que poner más energía de nuestra parte en lo cotidiano, debemos dominar nuestros miedos y entregar el tiempo a tareas específicas. Aferrarse a lo concreto ayuda a pensar que no somos hologramas virtuales conectados a una computadora. La concentración es fundamental. Y, como dijo Churchill, “nunca, nunca, nunca, debemos rendirnos”. Porque pasada la pandemia siempre habrá aire renovado y limpio esperando a quienes nunca dejan de luchar.

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