Opinión

Las tumbas negras

"Dios lo agarre confesado!”, exclama una mujer que pone flores en uno de los sepulcros del panteón de Yáñez, en Hermosillo, Sonora.

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Por: Héctor de Mauleón

Dios lo agarre confesado!”, exclama una mujer que pone flores en uno de los sepulcros del panteón de Yáñez, en Hermosillo, Sonora.

Ando en el panteón polvoroso y ardiente, a más de 33 grados, preguntando por las tumbas de Francisco Ruiz Corrales y José Rosario Don Juan Zamarripa. Una colega periodista me dijo que esas tumbas están pegadas a un muro, que tienen cruces teñidas de rojo intenso, y que sus lápidas fueron luego pintadas de negro, “para señalarlas o marcarlas, para diferenciarlas de las otras”.

Había estado horas antes en el edificio de la Antigua Penitenciaría de Hermosillo, una sólida construcción porfiriana, anclada a las faldas del Cerro de la Campana, por la que pasaron, desde los mineros detenidos en 1906 —cuando la rebelión contra la Cananea Consolidated Cooper Company fue aplastada a sangre y fuego—, hasta algunos miembros conspicuos de la Liga Comunista 23 de Septiembre.

En el patio principal, en donde alguna vez estuvo el paredón de fusilamiento, una cartela indicaba que allí mismo se había aplicado, por última vez en México, la pena de muerte. La cartela contenía una fecha: 17 de junio de 1957.

No pude contener la curiosidad. Al salir pregunté por la hemeroteca de Hermosillo y llegué a un macizo edificio de granito, inaugurado en los tiempos en que Abelardo Rodríguez gobernó el estado. Pedí el tomo de El Imparcial correspondiente a junio de 1957. El titular que buscaba no tardó en aparecer. Decía: “Pagaron su culpa los sátiros”.

Francisco Ruiz Corrales, jornalero de 27 años, llevó con engaños a un lote baldío a una niña de seis. Ahí la violó y estranguló. José Rosario Don Juan Zamarripa, exmilitar de 40 años, hizo lo mismo en Pótam con una pequeña de cuatro, cuyo cuerpo arrojó más tarde al río Yaqui. Los crímenes habían sucedido en 1950 y 1955, respectivamente. Según El Imparcial, “el clamor popular pedía un dique contra la enormidad de casos de atentados sexuales contra menores de edad (más de 60) en los últimos seis meses”. El gobernador ordenó que se aplicara la pena capital.

Los reos pasaron su última noche en capilla, mientras corría por la ciudad el rumor de que serían ejecutados. Un padre de apellido Montaño acudió a confesarlos. José Rosario Don Juan se negó a recibir los sacramentos.

A las cuatro de la mañana del día siguiente se presentaron varios funcionarios: el procurador, el ministerio público, el jefe de la policía judicial, un fotógrafo oficial y la mecanógrafa del juzgado. Llegaron también los representantes de cada uno de los periódicos locales. A través de las rejas los reporteros hicieron algunas preguntas. Los condenados fumaron el último cigarrillo.

Finalmente, el subdirector del penal puso a los reos a disposición de un pelotón formado por diez hombres. Cuando José Rosario Don Juan salió de la celda, un reportero observó que “iba muy entero”. A Ruiz Corrales, en cambio, “se le notaba palidez”. El fotógrafo oficial hizo la única foto que se publicó y en la que José Rosario aparece casi sonriendo mientras los miembros del pelotón están en posición de firmes.

El reportero de El Imparcial señaló que incluso la mecanógrafa fue obligada a observar el último fusilamiento que se llevó a cabo en México.

A las cinco y minutos, “al verse en el firmamento las primeras claridades del día”, “los sátiros” fueron colocados de espaldas al paredón. No les vendaron los ojos. Se oyó una descarga cerrada. Diez balas de máuser se les alojaron en el cuerpo. No quedaron bien muertos, sin embargo, por lo que “un oficial, pistola en mano, se encargó de darles el tiro final de gracia”.

Los enterraron a las ocho de la mañana, uno al lado de otro, en el panteón de Yáñez. Había algunos familiares de Ruiz Corrales, así como varios agentes de policía.

Alguien pintó las cruces de rojo, son las únicas de ese color en el panteón, y de tanto grafitearlas, las lápidas parecen teñidas de negro. “En el muro hay una leyenda”, me dice la colega periodista.

Camino y camino en el panteón ardiente, pero no logro encontrar las tumbas negras. Leo después en algún sitio que la leyenda pintada en el muro con letras rojas, dice: “SÁTIROS PUM PUM”, y tiene una fecha: Junio 19 de 1957.

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