Lo mejor que uno puede esperar que ocurra con Irán es bastante malo

En vista de que esta semana Irán y Estados Unidos sostuvieron otras conversaciones para intentar restablecer su acuerdo nuclear, en lo que, según informes, ha habido ciertos avances, me gustaría compartir mis opiniones sobre el tema: yo estuve a favor del acuerdo original que negoció Barack Obama en 2015.

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Por: Thomas L. Friedman

En vista de que esta semana Irán y Estados Unidos sostuvieron otras conversaciones para intentar restablecer su acuerdo nuclear, en lo que, según informes, ha habido ciertos avances, me gustaría compartir mis opiniones sobre el tema: yo estuve a favor del acuerdo original que negoció Barack Obama en 2015. No aprobaba que Donald Trump rompiera el acuerdo en 2018, pero cuando lo hizo, yo esperaba que aprovechara el daño económico que causó para convencer a Irán de que mejorara el acuerdo. Trump no pudo lograr eso y le dio a Irán la libertad de acceder más que nunca a la construcción de una bomba. Estoy a favor de que Joe Biden esté tratando de reanudar el acuerdo. Y también apruebo los intentos encubiertos por parte de Israel de sabotear las posibilidades de Irán de construir algún día un arma nuclear… con acuerdo o sin él.

Si eso suena contradictorio es porque, bueno, así suena. Hay un hilo conductor que pasa por todo eso: enfrentar con eficacia al régimen islámico de Irán —de un modo que erradique de manera permanente su comportamiento indebido— es imposible.

Irán es un país demasiado grande como para invadirlo, el régimen está demasiado asentado como para ser derrocado desde el exterior; sus intenciones más oscuras, de dominar a sus vecinos árabes sunitas y destruir al Estado de Israel, son demasiado peligrosas como para ignorarlas, y su pueblo tiene demasiado talento como para negarle por siempre la capacidad nuclear.

Así que, tratándose de Irán, se hace lo que se puede, donde se puede, como se puede, pero en el entendido de que (1) no existe la perfección y (2) el régimen islámico de Irán no va a cambiar. 

No es “poco valorado”. Después de 42 años, hay algunas cosas que son evidentes: los imames gobernantes de Irán cultivan y enaltecen el conflicto con Estados Unidos e Israel como una herramienta fundamental para mantenerse en el poder y mantener muy bien financiada a su Guardia Revolucionaria y bajo su puño de acero a su pueblo, sin ofrecerle una verdadera participación para decidir su futuro ni la posibilidad de descubrir todo su potencial.

Al régimen le gustó mucho usar los recursos derivados del levantamiento de las sanciones por parte de Estados Unidos en el acuerdo de 2015 no solo para construir más carreteras y escuelas, sino también para financiar y armar a los chiitas árabes que apoyan a Irán con el fin de poder dominar a los sunitas árabes en Irak, Líbano, Siria y Yemen. Esto garantizaba que estos cuatro siguieran siendo débiles o fueran Estados fallidos árabes sin la capacidad de plantear una amenaza para Teherán ni de crear una verdadera democracia de sectas múltiples que lo incomodara.

El viernes, Irán celebrará un montaje de elecciones presidenciales, en el que los iraníes tendrán la “libertad” de votar por cualquiera de los candidatos aprobados con anterioridad por el régimen. Se pronostica una participación mínima.

Nada de esto cambiará mientras estos ayatolás estén en el poder. Y, sinceramente, no solo han sido coherentes durante 42 años, sino que también lo han sido los presidentes de Estados Unidos y los primeros ministros de Israel. Sus estrategias pueden resumirse de la siguiente manera: siempre tratar de obtener el mejor acuerdo con Irán que el dinero pueda comprar.

O, bien, de manera más específica, siempre tratar de obtener el mejor acuerdo que puedan comprar el levantamiento o la imposición de sanciones o las estrategias de guerra encubiertas. Pero nunca optar por derrocar al régimen por la fuerza.

Por desgracia, los imames gobernantes de Irán son unos sobrevivientes astutos. Pueden adivinar el poder que tienes a 150 kilómetros de distancia. Y cuando concluyeron que, en realidad, nadie se atrevería a derrocarlos o a destruir sus instalaciones nucleares (sin importar con qué frecuencia los dirigentes estadounidenses o israelíes digan que “nada queda descartado”), estos astutos y despiadados imames hallaron la manera de no renunciar nunca por completo a su capacidad nuclear. Las negociaciones siempre llegaban a lo mismo: tratar de obtener lo mejor de Irán que el dinero o alguna operación clandestina pudieran comprar.

A pesar del duro discurso de Trump e incluso tras haber asesinado al alto militar de Irán, Qasem Soleimani, “Trump no tenía ninguna estrategia diplomática para aprovechar su campaña de ‘presión máxima’ con el fin de lograr objetivos asequibles que mejoraran el acuerdo nuclear con Irán o restringieran las actividades de Irán en la región”, señaló Robert Litwak, vicepresidente sénior del Wilson Center y autor de “Managing Nuclear Risks” (El manejo de los riesgos nucleares). Trump no estaba listo para usar la fuerza máxima. Así que los iraníes solo esperaron a que se fuera”.

Eso me da gusto. No estoy a favor de promover un cambio de régimen en Teherán desde el exterior. Ese es un proyecto que solo el pueblo iraní tiene el derecho y el poder de llevar a cabo. Por eso apoyo todas estas diferentes maneras de llegar al mejor acuerdo que el dinero y las operaciones clandestinas puedan comprar, pero no me hago las ilusiones de que conviertan a Irán en un buen vecino.

Como dice el proverbio: “Los problemas tienen soluciones, pero los dilemas tienen cuernos”. Y manejar las dificultades con este régimen iraní significa ir de un lado a otro sobre los cuernos de un dilema.

Sin embargo, esta realidad ahora está provocando un distanciamiento silencioso pero importante entre Estados Unidos e Israel. Y aunque el gobierno israelí posterior a Benjamin Netanyahu lo maneje con mayor discreción, ya sabe que Joe Biden es diferente.

No solo se trata de que Biden no le cumplirá al nuevo primer ministro israelí todos sus caprichos como lo hacía Trump con Netanyahu. Tiene que ver con que Biden está muy concentrado en establecer qué está pensando en los principales intereses estratégicos de Estados Unidos en Medio Oriente y así impedir que Irán obtenga un arma nuclear que obligaría a Turquía y a todos los Estados árabes a adquirir armas nucleares, lo que rompería el mandato de no proliferación nuclear a nivel mundial y convertiría esa región en una enorme amenaza para la estabilidad global.

El equipo de Biden cree que la campaña de presión máxima de Trump no redujo ni un ápice el comportamiento indebido de Irán en la región (nos presentará los datos que lo demuestran). Así que Biden quiere bloquear al menos durante algún tiempo el programa nuclear de Irán y luego tratar de mitigar de otros modos las dificultades que provoca en la región. Al mismo tiempo, Biden quiere concentrarse más en el proyecto de nación de Estados Unidos y en enfrentar a China.

El contraargumento de Israel es que Estados Unidos le pagará a Irán para que almacene un arma nuclear que es poco probable que use o que multiplique, mientras que le da la oportunidad y, en efecto lo financia, para que despliegue y multiplique las armas convencionales más sofisticadas que probablemente sí use: los cohetes inteligentes de precisión que Irán está enviando a sus mercenarios de Hezbolá en Líbano y Siria y que tienen como blanco Israel. Es poco probable que Israel tolere esta pistola cargada en su cabeza mientras que los imames de Irán se quedan tan cómodos en Teherán.

En la guerra de 2006 en Líbano, Hezbolá tuvo que lanzar unos 20 cohetes de tierra a tierra, no inteligentes, no direccionados y de alcance limitado para pegarle a un solo blanco israelí. Con los misiles dirigidos por GPS de largo alcance proporcionados por Irán, es posible que Hezbolá solo tenga que lanzar un cohete para 20 blancos en Israel —su reactor nuclear, el aeropuerto, los puertos, las centrales eléctricas, las fábricas de alta tecnología y las bases militares— con grandes probabilidades de alcanzarlos a todos.

El equipo de Biden afirma que se compromete a detener esta amenaza mediante conversaciones con Irán… después de que se reanude el acuerdo nuclear. A lo cual los israelíes le dicen: Gracias, pero ¿qué ventajas tendrás después de que hayas levantado tantas sanciones?

Tengo una idea: una manera de aminorar las tensiones entre Estados Unidos e Israel sería que Biden probara una iniciativa diplomática nueva y radical: la adquisición apalancada de la presencia iraní en Siria.

En la actualidad, Siria se encuentra bien controlada en tres sectores por tres potencias no árabes: Rusia, Turquía e Irán. A Rusia no le encanta que haya fuerzas iraníes en Siria junto con las suyas, pero las necesitaba para que ayudaran a aplastar a los enemigos demócratas e islamistas sunitas de su representante, el dictador sirio Bashar al Asad.

Biden y las monarquías del golfo Pérsico podrían presentar esta oferta a los rusos y a Asad: saquen a las fuerzas iraníes de Siria y nosotros triplicaremos cualquier ayuda financiera que Irán le estuviera otorgando a Siria y aceptaremos de manera tácita que Al Asad (pese a ser un criminal de guerra) pueda quedarse en el poder durante el corto plazo.

El ejército israelí respaldaría este acuerdo, porque romper el puente terrestre de Siria que Irán usa para que Hezbolá tenga suministros de cohetes sería un punto de inflexión.

Claro, sería un acuerdo egoísta. Ante lo cual, yo digo: (1) se trata de Medio Oriente, amigos. Y (2) los problemas tienen soluciones, pero los dilemas tienen cuernos.

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