Opinión

Los convencí

La semana pasada fui al doctor porque sentía un raro malestar estomacal, fiebre y debilidad con temblores, vómito y sudoración.

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Por: Enrique Gómez Orozco

La semana pasada fui al doctor porque sentía un raro malestar estomacal, fiebre y debilidad con temblores, vómito y sudoración. El médico me dijo que, según los análisis clínicos, sufría de amebiasis aguda, un riesgo grave si se descuida. Con toda calma me explicó que era provocada por un parásito llamado Entamoeba Histolytica. 

Luego recetó antibióticos potentes para que no se complicara en un absceso hepático o la diseminación del parásito hacia órganos como el hígado, pulmones y cerebro. 

El diagnóstico y el tratamiento no me convencieron. Le dije que tal vez la enfermedad era una gripa mal cuidada o una infección estomacal por comer muchos tuétanos. 

El galeno me miró sorprendido y preguntó de dónde había sacado esa conclusión. Contesté que era mi apreciación porque en otras ocasiones me había pasado y eso era fácil detectarlo. Insistí con vehemencia que su diagnóstico estaba equivocado y lo convencí. Extendió una receta y su recibo de honorarios. 

Sucedió que, por la enfermedad y lo mal que me sentía, pensé en consultar a mi abogado y asesor financiero quien confirmó lo que me había dicho ya mi contador. Aparte de enfermo, estaba a punto de la quiebra. Mis ingresos eran menores que mi gasto y la hipoteca de la casa, junto con la deuda del rancho harían que pronto me demandara el banco y embargara todos los bienes dados en garantía. Le dije al contador que no creía en los procesos judiciales, que la cosecha estaba a punto de llegar y podría pagar todo. El contador dijo que no había posibilidades, “aunque cosecharas aguacates en los campos de cebolla”, no puedes salir de tus deudas. La verdad, convencí al abogado y al contador que todo saldría bien. 

Cuando salí del despacho contable mi camioneta Toyota Siena, con tantos años de servicio, comenzó a cascabelear. El ‘traca’ ‘traca’ no cesaba. De inmediato la llevé con el mecánico de la agencia y se la dejé para que la revisara. Al día siguiente regresé por ella a pesar de sentirme fatal y Andrés, el especialista en transmisiones, me dijo que después de 10 años había tronado por no darle mantenimiento. 

Lo convencí de que Toyota no podía fallar, seguramente era una simple desalineación de los engranes. Cuando regresé a casa el vehículo ya no funcionaba, después de tres explosiones se paró, entonces me convencí de que el dueño anterior no la había cuidado lo suficiente, jamás debí confiar en él cuando me la vendió.

Ahora estoy en cama, la fiebre no se ha ido, los acreedores llegaron a embargar la casa, la Toyota y todo lo que tenía. La cosecha de cebolla se perdió por las lluvias torrenciales y creo que las amibas ya me llegaron al cerebro, aunque mi doctor dice que ya las llevaba ahí cuando me dio la primera receta. 

El destino es incierto, la familia piensa que la única salida es rematar los bienes y rescatar lo que pueda quedar de valor, o negociar con los acreedores una quita para salvar el rancho. Además, me piden que tome el antibiótico para que siga vivo. 

Pero mi compadre el herrero me asegura que, si invertimos en unos animales para engordarlos entre vacas y puerquitos, podríamos librar todo y ser autosuficientes. El me convenció. 

Si Arturo Herrera me dice algo en lo que no estoy de acuerdo, lo convenceré”, Andrés Manuel López Obrador en ‘La mañanera’ 

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