Los policías del pensamiento (Segunda parte)

“Yo no estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero me pelearía para que usted pueda decirlo”.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Yo no estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero me pelearía para que usted pueda decirlo”.

“La libertad de pensamiento es la vida del alma”. -Voltaire

Durante un “Conversatorio con Jóvenes” en la Universidad de Guanajuato, la magistrada María Dolores López Loza, del Tribunal Electoral, dijo antes de las elecciones del 2018  que los electores eran flojos y tranzas*. Incluso sugirió que debería multarse a quien no tuviera su credencial de elector. Creo que hacer un juicio sumario sobre los votantes, a quienes les debe su trabajo, es un despropósito mayor. No estoy de acuerdo con esos conceptos. 

Sin embargo me pelearía, como dice Voltaire, por su derecho a expresarlos.

La libertad en la democracia debe abrirse al máximo para reflejar la pluralidad, la diversidad de las ideas, por aberrantes que nos parezcan como las expresiones de insulto a los votantes de la magistrada ante estudiantes universitarios. 

Con la evolución y el avance de los derechos humanos, particularmente de las mujeres y los niños, hay cambios en la legislación con motivos de género. En una sociedad machista y llena de prejuicios, viene bien la transformación de las instituciones para igualar derechos, oportunidades y la valoración del trabajo de la mujer y la protección a la infancia.

Tanto fue el empuje de mujeres y hombres dentro del Congreso de la Unión, que se pactó la “paridad de género”, es decir, que debe de haber igual número de diputados de cada sexo. Había que forzar en los hechos esa igualdad. A mi no me parece y voy a poner un ejemplo: si hay más mujeres que hombres con mayores competencias para legislar, fijar un porcentaje es limitarlas. Aunque este es un marco teórico para México, en países desarrollados existe la paridad o una mayoría de mujeres en los congresos y en los cargos públicos. Se da, no por decreto, sino por el acceso de la mujer a las mismas oportunidades de educación, formación política y respaldo familiar con la distribución igualitaria de las tareas domésticas. Viene de la raíz, no de las ramas. 

Recuerdo en Estocolmo en 2003,  el guía de turistas describió un Congreso de mayoría femenina. Comentaba, con humor, que eso era bueno porque así los hombres no tenían que meterse al torcido juego de la política. Era bueno dejar esa carga a la mujer y luego reía a carcajadas.  

Los países nórdicos son los más avanzados, no sólo en derechos de la mujer sino en todos los derechos humanos. Acogen a los migrantes, tienen la mejor distribución de la riqueza, protegen de verdad a sus infantes y es donde el tamaño del salario no distingue mujeres de hombres. Un ejemplo sencillo: dan un año de permiso con goce de sueldo después del parto, no sólo a las mamás, también a los padres para que ayuden en los cuidados del recién nacido. 

Con el lenguaje de hoy: la igualdad es orgánica. Viene desde el espíritu democrático y la cultura secular- liberal de esas naciones: Suecia, Dinamarca, Noruega y Finlandia. Ahí los feminicidios son excepcionales y la violencia doméstica contra la mujer poco frecuente.  

Bueno, si los comparamos con México, tenemos polos opuestos de civilización. Aquí tenemos leyes elaboradísimas, alambicadas y poco funcionales. A pesar del marco legal, la discriminación, las violaciones y los feminicidios suceden con una impunidad inaudita. ¿Imaginaría usted a un presidente nórdico apoyando la candidatura de un presunto violador como es el caso de Félix Salgado? Nunca. (Continuará)

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