Los policías del pensamiento (Tercera y última parte)

Podría pasar horas y días seguidos escribiendo sobre el ascenso de la mujer y el de los grupos minoritarios del colectivo LGBT en las últimas décadas. Cuando niños, había decenas de frases que hoy son insultantes e innombrables en contra de la mujer.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Podría pasar horas y días seguidos escribiendo sobre el ascenso de la mujer y el de los grupos minoritarios del colectivo LGTB en las últimas décadas. Cuando niños, había decenas de  frases que hoy son insultantes e innombrables en contra de la mujer. Eran consideradas normales, tanto en el seno familiar como en las aulas. La discriminación era intrínseca e invisible en una cultura machista.

Hace dos generaciones, en las familias de empresarios, lo común era que el padre condujera a los hijos a los negocios y a las hijas se les viera sólo como madres y educadoras. La mayoría de las oportunidades de educación, desarrollo profesional y económico eran para los hombres. Los roles asignados y entendidos, son costumbres discriminatorias e injustas. Un ejemplo en números:

Según la Comisión Económica de América Latina y el Caribe (CEPAL), el 26% de las mujeres en Latinoamérica no tienen ingresos a diferencia de sólo el 11% de los hombres. 

En una información de la reportera Frida Andrade, publicada ayer por el periódico Reforma, el coordinador del Observatorio de Salarios de la Universidad Iberoamericana, Miguel Calderón, dice que “la diferencia corresponde a los roles asignados a cada uno de los géneros donde normalmente el hombre tiene la responsabilidad del trabajo fuera de casa y la mujer tiene la responsabilidad del trabajo en casa”.

La exclusión de la mujer en el mundo laboral tiene un alto costo para las familias y la economía. Desperdiciamos el talento, la habilidad y laboriosidad de nuestras mujeres porque “deben atender el hogar”. Hay quien sugiere que debe reconocerse una remuneración por el trabajo doméstico, que debe agregarse al PIB y establecer reglas para el mismo. Durante la pandemia la carga de trabajo se duplicó en los hogares porque las madres tuvieron que suplir a las escuelas, con un gran desgaste físico y emocional. Ellas, el personal médico y hospitalario son los grandes héroes de nuestro tiempo.

Los métodos anticonceptivos y el cambio  demográfico que trajo, liberaron a la mujer en la última parte del siglo pasado y lo que va del presente. Las instituciones no lo aceptaban, en particular la Iglesia Católica, cuyo papel en el sometimiento de la mujer ha sido épico. Incluso hoy son excluidas del sacerdocio. Algo normal para el presente pero que en un futuro se verá como un acto de discriminación a pesar de todos los dogmas que sugieran lo contrario.

Con menos de 3 hijos en promedio, las madres de hoy pueden emplearse y producir más, mucho más que sólo las tareas de casa. Si pudiéramos igualar los ingresos de las mujeres al de los hombres, en automático tendríamos un PIB  superior en un 15 por ciento. Esto requiere que los hombres compartan el trabajo doméstico para liberar el tiempo de la mujer.

Hay estudios que indican la importancia de que la mujer tenga, por lo menos, educación media, y de preferencia, profesional. El resultado será: menos embarazos no deseados, menos madres solteras y menos discriminación laboral. 

Vamos a la mitad del camino. Hemos abandonado la cultura machista personificada en Pedro Infante; cambiamos la epístola de Melchor Ocampo; inauguramos la paridad en los puestos de elección popular y otros avances legales que protegen a la mujer. Falta mucho.

Lo más importante sería reconocer su capacidad laboral y lograr que en las carteras, en los bolsos, en las cuentas, el ingreso obtenido y administrado por las mujeres igualara al de los hombres. Un sueño que, generaciones adelante, será realidad.

Por cierto, sobreprotección también es discriminación. 

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