Opinión

‘Mariquitas’

Cuánto hemos cambiado en una generación o dos. Los recuerdos nos remiten a una época donde las mujeres vivían segregadas y disminuidas. Cuando éramos niños el insulto al débil, a quien no mostraba fortaleza física o de carácter era “mariquita”.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Cuánto hemos cambiado en una generación o dos. Los recuerdos nos remiten a una época donde las mujeres vivían segregadas y disminuidas. Cuando éramos niños el insulto al débil, a quien no mostraba fortaleza física o de carácter era “mariquita”.

A los “afeminados” o “amanerados” por sus modales suaves y su voz aguda los agredíamos con la palabra “jotillos”. Ninguna consideración social o respeto de género existía para las chicas con voz firme, a las que marcaban como “marimachas”.

Un mundo de humillación y discriminación queda lejos, en el espejo retrovisor de nuestra historia con imágenes borrosas pintadas por prejuicios.

Todo cambió, al menos en la vanguardia liberal e ilustrada del pensamiento. En nuestra infancia, en la década de los sesenta, fuimos educados con ideas morales y religiosas que por fortuna ya no tienen vigencia.

A quienes agredíamos por el machismo imperante, hoy son respetables personas con orientación de género distinto. La virginidad femenina, presunta virtud, quedó en el pasado con las nuevas generaciones porque la mujer quiere ser dueña de su cuerpo y sólo ella puede y debe tener el patrimonio de su sexualidad.

Durante 17 siglos, los dogmas religiosos y las ideas retrógradas sometieron a humillaciones y desprecio a quienes hoy son ciudadanos dignos de la comunidad LGBT. Hombres y mujeres quienes no tienen que dar cuenta de su intimidad, de su “santo interior”.

El Infonavit publica un desplegado haciendo saber que una pareja homosexual tiene los mismos derechos y puede contratar créditos con beneficios idénticos a las parejas heterosexuales. Nadie se escandaliza, nadie pretende, como antes, moralizar ni excluir.

Falta en Guanajuato abrir el registro civil para las bodas entre personas del mismo sexo. Debemos integrarnos al mundo presente; debemos alejarnos del prejuicio gobernado por la ignorancia y la falta de humanidad. Quienes pretenden erigirse en jueces supremos de la moral ajena siempre vivirán en el pasado.

En alguna ocasión, cuando en familia discutíamos sobre la desigualdad entre hombres y mujeres, solía decir a mis hermanas con algo de sorna e ironía:

Ustedes no pueden celebrar los santos sacramentos ni perdonar los pecados ni dar los santos óleos ni ser testigos de matrimonios o primeras comuniones”

, por lo tanto la naturaleza de su alma es distinta a la de sus hermanos. Todo a pesar de que la devoción nacional más grande sea hacia la Virgen de Guadalupe, por encima de cualquier divinidad.

De inmediato recibía una tanda de recriminaciones. Entonces respondía doblando la contradicción dogmática: la Iglesia desperdicia sus talentos, su sentido de compasión y humanidad para relegarlas a un plano secundario.

La manifestación del 9 de marzo inicia una nueva etapa donde la mujer asume su potencial y los hombres, conscientes, aceptamos que su participación nos engrandece. Descubrimos nuestra igualdad espiritual intrínseca.

No es un asunto de ideas de izquierda o derecha; tampoco encierra creencias religiosas o la formación inamovible de dogmas o costumbres heredadas.

El ascenso de la mujer hacia la igualdad debe ser un triunfo cívico. En el fondo es un proceso evolutivo en el que la humanidad crece su potencial desplegando la igualdad, la libertad y el talento de la mujer. Donde los derechos de la diversidad sexual permiten que todos conquisten la felicidad dentro del marco de la ley, en la pluralidad de creencias.

La moral cambió, las costumbres también; lo que permanece son los valores de humanidad, caridad y tolerancia. De eso se trata el 9M. Eso comprendo.
 

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