Opinión

Matar mujeres: la epidemia sin control

Sus familiares la identificaron más tarde. Se llamaba Alexandra. Acababa de cumplir 15 años. Vivía en Villa Nicolás Romero. El asesino intentó prenderle fuego al cuerpo, con la evidente intención de borrar evidencias.

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Por: Héctor de Mauleón

Ayúdame”, le escribió Daniela a su amigo Andrés. “Creo que el taxi me quiere secuestrar”.

Ayúdame por favor.

Pero cómo te ayudo. No he llegado a mi casa bebé. ¿Llamó a una patrulla?

Andrés envió varios mensajes más. Pero Daniela ya no respondió. La joven le había dicho a su madre que aquella noche iba a asistir a una fiesta en San Andrés, Xochimilco. A la señora le pareció natural que su hija no llegara a dormir. La esperó ansiosa todo el domingo. El lunes fue a indagar a la pizzería. Solo entonces Andrés le mostró la comunicación: ni siquiera había informado nada a la policía.

Pasaron ocho largas, indecibles semanas. El pasado 9 de julio, varias osamentas humanas fueron encontradas, envueltas en un vestido, en la zona de Parres, en la alcaldía de Tlalpan. El vestido era el que Daniela llevaba aquel día. Su familia lo identificó, y también las botas y los brackets de la víctima.

El mismo día fue hallado un cuerpo más en un canal de aguas negras de los llanos de Tecámac, Estado de México. Pertenecía a una mujer de alrededor de 35 años. La encontraron semidesnuda y con un trapo en la boca. Le habían cubierto el cuerpo con una bolsa transparente. Presentaba “aparentes huellas de abuso sexual”.

Tres días más tarde (12 de julio), una llamada informó “de una persona inconsciente” en “un lugar de difícil acceso” de la zona chinampera de Xochimilco. A través de embarcaciones y de elementos de a pie, la SSC localizó, semioculto entre la maleza, el cuerpo de otra mujer, una joven de 25 años, con señales de violencia física, que llevaba en el lugar más de siete días, según los peritos. Se recabaron en el sitio algunos indicios. Para la procuraduría capitalina, sin embargo, la mayor esperanza estaba en las cámaras de vigilancia cercanas, en las que pudiera haber quedado algún registro de los hechos.

Al otro día (13 de julio), policías privados del Condado de Sayavedra, Estado de México, reportaron que en el fondo de una barranca estaba el cadáver de una niña. Un policía le calculó 13 años, y dio esta descripción: “morenita y de pelo chino”.

El cuerpo de la adolescente tenía huellas de quemaduras, había fallecido en condiciones violentas, presentaba mordeduras ocasionadas por fauna silvestre.

Sus familiares la identificaron más tarde. Se llamaba Alexandra. Acababa de cumplir 15 años. Vivía en Villa Nicolás Romero. El asesino intentó prenderle fuego al cuerpo, con la evidente intención de borrar evidencias.

Entre el 6 y 12 de julio, dos cadáveres más de mujeres fueron encontrados en la zona metropolitana del valle de México. Reporté aquí hace unos días los casos de Leticia, a quien hallaron junto a una banqueta en Tultitlán, con la cabeza y el rostro desfigurados, y el de Guadalupe, cuyo cadáver apareció en un ejido de Zumpango, tres semanas después de que la vieran salir de la fábrica en que trabajaba, en compañía de su expareja sentimental.

Estas historias y estos hallazgos sucedieron en solo seis días de julio: todo, en el círculo monstruoso de la capital del país y los municipios conurbados.

Según la activista María Salguero, creadora del Mapa de feminicidios en México, en los primeros seis meses del gobierno de AMLO fueron asesinadas 1878 mujeres (1727 en el mismo lapso de 2018): lejos de detenerse, la epidemia va en aumento.

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