México el incomprensible

Octavio Paz quiso descubrir a México con el ensayo y la poesía. Su obra más célebre como ensayo fue El Laberinto de la Soledad que escribió en 1950.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Octavio Paz quiso descubrir a México con el ensayo y la poesía. Su obra más célebre como ensayo fue El Laberinto de la Soledad que escribió en 1950. Nuestro Nobel de la literatura sudó durante décadas la palabra para encontrar nuestro Ser nacional. Raza, religión, cultura, conquista, independencia. Su primera edición fue desde un mirador donde el país crecía con un futuro que tenía muchas bifurcaciones. Todo parecía nuevo.

Volvía a su laberinto y nunca pudo explicar del todo nuestra soledad a medida que el país cambiaba su pensamiento y palabra. Su vida en el extranjero lo convirtió en ciudadano universal. Igual pudo absorber la cultura norteamericana que la francesa, la japonesa y la hindú en su extranjería diplomática. Porque los embajadores y los cónsules tienen que mimetizarse con los pueblos donde nos representan, si son buenos diplomáticos. 

Todo lo que pueda escribir aquí sobre Paz, su pensamiento y poesía serían meras aproximaciones, como piedras lisas que rebotan en un lago profundo. Lo que sí puedo decir es que es el intelectual mexicano con la mayor amplitud de conciencia y erudición. Explicarlo sólo pueden hacerlo los críticos de gran calado, sin embargo nada se pierde en percibirlo y recordar cómo transitó del marxismo al liberalismo democrático de izquierda moderada. Cómo evolucionó y luchó en su madurez por un México democrático. 

Cuando la razón ya no nos alcanza para comprender, tenemos que recurrir al arte. Son los dos brazos del espíritu. Paz usa la reflexión para reconstruir mundos en prosa, luego la poesía para penetrarlos, explicarlos y vivirlos. Cuando el objeto de su atención fue México, descubrió en raíces, familia, costumbres y herencia mestiza lo que otros no habían visto. Aún así tuvo que sacar un borrador y reescribir su pensamiento y creencias, ya fuera el dogma marxista o el arte surrealista.

Lugar común es decir que André Breton no tuvo que inventar el surrealismo porque ya existía en México. Hoy lo podemos ver y escuchar en las contradicciones que genera la percepción de nuestra historia desde el poder. Quiten a Colón para poner  a “Tlali”, un rostro de piedra de mujer indígena. Pidamos que se disculpen los hijos, nietos, biznietos, tataranietos… de Hernán Cortés por lo que nos hizo, cuando al vernos al espejo sabemos que nos hizo a nosotros mismos. Al menos la mitad si todos fuéramos descendientes de él y la Malinche. Que no salgamos del territorio ni creamos en el cosmopolitismo de las clases medias que aspiran a más. Que traigan al heredado dictador cubano Díaz-Canel para que vea Estados Unidos que somos soberanos, al tiempo que apaleamos a los hermanos centroamericanos y haitianos para que no molesten en la frontera norte, al tiempo que nos enorgullecemos de haber salvado a los periodistas afganos del New York Times y el Washington Post. 

A veces, en íntima reflexión nos preguntamos: ¿qué dirían nuestros padres que ya no están aquí de la presunta 4T? Paz, como padre intelectual de varias generaciones, ¿qué escribiría? Se antoja preguntarle a Enrique Krauze, a Jorge Hernández  o a Christopher Domínguez Michael, la actualización imaginaria del pensamiento de nuestro difunto poeta. Invocarlo en una sesión espiritista donde la raza hable por nosotros. Cualquier resultado sería tan creíble como decir que hay una ciencia verdadera y otra neoliberal. Paz era fan del surrealismo, nosotros somos testigos cotidianos del mismo en un discurso mañanero sin fin, aunque no queramos. 

México es un blanco móvil imposible de apreciar y comprender en su totalidad o en partes por su complejidad histórica. Nuestra realidad va por delante de nosotros, inalcanzable e inexplicable. Por eso siempre existirá el ensayo y la poesía que traten de descifrar a esta suave (y también terrible) patria. ¡Viva México!, hijos de... Paz. 

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