Opinión

Moral y pandemia

“Y estar bien con nuestra conciencia, no mentir, no robar, no traicionar, eso ayuda mucho para que no dé el coronavirus”. Andrés Manuel López Obrador

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Por: Enrique Gómez Orozco

Desde nuestra infancia las enseñanzas religiosas referían en la Biblia que las plagas podían ser castigo divino. A los egipcios enviaba Yahvé, dios de Israel, diez plagas para liberar a los judíos. A Sodoma y Gomorra los incendiaba por su conducta inmoral. Solo Lot, el hombre bueno, el único juzgado como justo, pudo salvar la vida; ni siquiera sobrevivió su esposa Edith quien por voltear a ver el destino de su ciudad, quedó convertida en estatua de sal. 

En todas las religiones los sacerdotes advierten una y otra vez que la conducta inmoral puede traer maldiciones divinas o simples enfermedades. Algunas de ellas como las venéreas se propagan por contacto sexual. Antes de la penicilina resultaban mortales o marcaban y enloquecían a quienes se contagiaban. Otras como el alcoholismo o el abuso de las drogas también son atribuidas a defectos morales, sin embargo no siempre es así.

En 1981, cuando primero apareció el Sida entre grupos de homosexuales, los más conservadores dentro de las religiones atribuían el contagio a un castigo divino. Todas las creencias que empatan inmoralidad con enfermedad no tienen sustento. Cierto que una vida “loca” y disipada, como la canta Ricky Martin, puede causar estragos a la salud. Pero eso nada tiene que ver con el virus.

Hay malvados, mentirosos, rateros y traidores perfectamente sanos. Algunos de ellos los conocemos; muchos participan en la vida pública. Si la corrupción trajera enfermedades como el Covid-19, casi todos los ex gobernadores del país estarían en el hospital o en la tumba. Miles de ex alcaldes serían portadores del mal. Habría pocos diputados y senadores sanos.

Llama la atención que un Presidente de un país laico con valores seculares, establecidos desde la época de Benito Juárez, dé sermones de moralidad. Aquí surge la paradoja, si decir mentiras es un riesgo de contagio del Covid-19, entonces el propio López Obrador estaría en peligro porque es falso que los mentirosos tengan más riesgos sanitarios que los sinceros. Desde que el Presidente sacó su “detente” o fetiche protector contra los demonios y las enfermedades no podemos más que sorprendernos.

Impensable que Felipe Calderón o Enrique Peña Nieto hubieran hecho lo mismo. Imagine a el Gran Zedillo invocando a la santería para que le limpiaran la silla presidencial de los malos espíritus depositados ahí por Carlos Salinas de Gortari. O hacer un ritual chamán para que el Fobaproa funcionara. Imposible.

La ignorancia no es una enfermedad, ni siquiera una disposición moral equivocada, es la simple carencia de conocimientos. Por la ignorancia supina de sus gobernantes, países como Estados Unidos, Brasil y México, sufren alto porcentaje de contagios y letalidad. ¿Esa ignorancia es inmoral desde el poder?

Atribuir a defectos morales la atracción de enfermedades es pura ignorancia que ya ni siquiera se escucha en los púlpitos. La narrativa bíblica tenía sentido social para unificar a los pueblos de Israel o aleccionar a las sociedades antiguas. Con ello los sacerdotes y reyes trataban de controlar la conducta del pueblo.

Los médicos nos dicen que alguien con diabetes o hipertensión tiene más riesgos que un mentiroso. El propio Presidente está en la edad más letal por el Covid-19. Sus antecedentes cardiacos nada tienen que ver con su moralidad o inmoralidad.

Otra paradoja. Es inmoral pretender que la moral tiene que ver con la morbilidad* de la pandemia. (*Proporción de seres vivos que enferman en un sitio y tiempo determinado).

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