Mundos paralelos

Difieren radicalmente, salvo en una cosa: unos y otros creen -o nos quieren hacer creer, o nos obligan a creer- que todo, absolutamente todo, lo que hacen los otros está mal.

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Por: Jorge Volpi

Difieren radicalmente, salvo en una cosa: unos y otros creen -o nos quieren hacer creer, o nos obligan a creer- que todo, absolutamente todo, lo que hacen los otros está mal. No solo eso: que está intencionalmente mal, que sus adversarios no solo son ineptos o estúpidos, sino que concentran una perversidad reconcentrada que los lleva a hacer todo ese mal de forma voluntaria, convertidos en villanos de caricatura, malos de telenovela que no buscan otra cosa que el desastre. No se trata aquí de que en ambos bandos abunden los cínicos y los corruptos, sino en fraguar una narrativa totalitaria que divida de manera feroz la realidad en arenas contrapuestas, sin el menor punto de contacto: conmigo o contra mí.

México no posee el privilegio de la polarización: baste mirar hacia España, Francia o, en particular, hacia Estados Unidos, para observar sociedades con una mayor tradición de disputas ancestrales y de sociedades partidas por la mitad. En nuestro caso, el fenómeno es relativamente reciente: incluso durante el largo invierno priista, la oposición siempre se presentó fragmentada entre la derecha del PAN y la izquierda de los comunistas y los socialistas y al fin del PRD, agua y aceite que ni siquiera en momentos clave, como el fraude de 1988, fueron capaces de unirse contra el monstruo común.

El postrer triunfo de AMLO ha terminado por radicalizar las facciones. En primera instancia, el propio Presidente se encarga, cada mañana, de fijar la frontera de la lealtad: o estás en la 4T a piedra y lodo, y defiendes todas sus decisiones, hasta las más absurdas o peligrosas incluso para el mismo movimiento -como la defensa de Salgado Macedonio- o eres un conservador o un neoliberal o un miembro de la espuria élite que solo busca conservar sus privilegios. Del otro lado, los partidos de oposición, vaciados de cualquier programa o cualquier coherencia, han mordido el anzuelo y, en una alianza tan espuria como efímera -que en nada recuerda a las de otros países, articuladas en torno al bien común-, presentan un amasijo de candidatos cuyo único punto en común es oponerse a todo lo que haga la 4T, sin ninguna alternativa.

Se dirá que este camino hacia el bipartidismo, calcado de Estados Unidos, podría no ser negativo: no lo sería si ambas mitades tuvieran puntos ideológicos contrarios pero concordaran en la búsqueda de un mejor país. Por desgracia, lo que hemos copiado es lo peor del modelo del Norte: aquel que ha arrasado con la tradición de acuerdos bipartidistas y ha encajonado, a lo largo de las últimas décadas, a demócratas y republicanos no solo en dos bandos antagónicos, sino en dos realidades paralelas, como quedó demostrado durante la tragicómica Presidencia de Trump.

Lo alarmante no es, pues, la enemistad política, sino la absoluta incapacidad de un discernimiento crítico en aras de la ceguera y la lealtad. Lo que estamos haciendo es crear, como allá, realidades que no se tocan: basta oír a los incondicionales del Presidente, que le celebran todo, o algunos programas de radio de críticos al régimen, que le critican todo, para constatar la brecha que separa cada vez más no ya a quienes profieren las alabanzas o los vituperios, sino a quienes los escuchan solo a ellos, y les creen. Los puntos de vista contrarios amenazan en transformarse, así, en dos Méxicos paralelos, a quienes no les importan los hechos, sino las opiniones de sus correligionarios.

¿Qué necesitamos para salir de esta deriva hacia la pura irracionalidad política? Lo que más preocupa tanto al Presidente como a sus enemigos en los medios o el empresariado: un cada vez más sólido periodismo de investigación. En vez de que proliferen espacios y columnas de opinión (como ésta), lo que los sectores más sensatos de ambos bandos deberían auspiciar (para atacar mejor a sus adversarios) es más rigor y más investigaciones periodísticas serias que desbrocen la arena pública de gritos e insultos y nos ayuden a la mayoría a discernir qué es lo que en verdad pasa a nuestro alrededor.

@jvolpi

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