Opinión

Nunca habían pasado tantas cosas

Desde el inicio de la epidemia se acelera el tiempo. Pasan tantas cosas en tantos lugares como plaga de langostas que sobrevuelan nuestras cabezas. Los hechos nos entierran y con dificultad podemos tener conciencia de la realidad. Los expertos le llaman en Inglés (information overload), sobrecarga de información.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Desde el inicio de la epidemia se acelera el tiempo. Pasan tantas cosas en tantos lugares como plaga de langostas que sobrevuelan nuestras cabezas. Los hechos nos entierran y con dificultad podemos tener conciencia de la realidad. Los expertos le llaman en Inglés (information overload), sobrecarga de información.

Los británicos, especialistas en reducir lo complejo a ideas sencillas, publican en su revista The Economist un listado de lo más importante que sucedió en la semana. Un sumario antecede a los artículos analíticos y profundos del acontecer mundial. Doctores de la palabra y las ideas, plasman con buena jerarquía las noticias y los personajes que las desencadenaron. La publicación es indispensable para comprender el mundo.

Pero lo mismo hace el Financial Times, abreviado como FT. Qué decir del Times de Nueva York o el Washington Post. Indispensable Le Monde para darle un vistazo a la inteligencia europea. Todos están ahí, seduciendo lectores con sus llamadas “newsletters” o los podcasts que platican, desde cómo cocinar un pato, hasta la reseña de las obras literarias del momento.

Por si fuera poco, los medios nacionales no pierden minuto. Dan cuenta inmediata del hecho como la declaración de Emilio Lozoya, los muertos e infectados por Covid o el contenido del sermón mañanero, aún antes de que termine. Se multiplican, las audiencias crecen. Cada segmento vive aferrado a su gurú. Loret rompe con el sistema y crea Latinus. Ángel Verdugo, en sus mañaneras por Youtube, comenta todos los siete días de la semana lo que no le parece de “López”. Le sobra tanto tema que miércoles y viernes crea un programa de hora y media para responder a su audiencia. Lo podrá convertir en negocio si sus seguidores lo apoyan con pagos desde la misma plataforma.

Un  intento de retener todo puede enloquecernos. Nunca habían pasado tantas cosas como hoy. Puedes darte cuenta de lo que quieras y saturarte diario de información. Por si fuera poco en Twitter cada usuario es una fuente: verdadera o falsa; enriquecedora o vana; elegante o vulgar; infinitamente variada en discusiones interminables. Facebook e Instagram absorben. Whatsapp, una obsesión, una adicción.

Y el banco de videos llamado Youtube puede conectar nuestro cerebro a todo cuanto se nos ocurra. Poco a poco sustituye a la televisión tradicional e incluso podrá competir con las distribuidoras de series y películas como Netflix, Amazon Prime, AppleTV+, Disney, HBO y las que se sumen el mes próximo. Cuando vendieron Youtube por mil millones de dólares a Google, pensábamos que era una cifra exagerada. Lo mismo pasó cuando 55 muchachos programadores obtuvieron 19 mil millones de dólares de Facebook por Whatsapp. Nunca imaginamos que sería un conmutador telefónico mundial gratuito hasta hoy. ¿Cómo comprender el momento histórico? A los periodistas, acostumbrados a buscar noticias relevantes para nuestra comunidad, en ocasiones nos sorprenden familiares y amigos que se enteraron de tal o cual cosa antes que nosotros.

Lo que nos mantiene vivos, el reducto final de nuestro valor agregado, es el criterio para saber qué es real o “fake”; la experiencia de entender, como en el billar, los juegos de dos y tres bandas de los políticos. Pero eso es temporal porque el análisis de datos y el aprendizaje de máquinas eleva aún más la potencia para conocer con precisión dónde, cuándo y por qué la gente lee, escucha y ve.

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