Opinión

Ofensa nacional

Un amigo que reside en Europa vino con su familia a pasar el verano en León.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Un amigo que reside en Europa vino con su familia a pasar el verano en León. Cuando se preparaba para regresar comentó que lo que más le llama la atención de los cambios que ve en el país es: la falta de respeto a las Fuerzas Armadas. Desde fuera a veces se ve con más claridad.

Tenemos algún tiempo de ver la misma escena, en donde ciudadanos se acercan a soldados para agredirlos porque impiden sus actos ilícitos. Les quitan las armas, los secuestran, los agreden y en resumidas cuentas los humillan. Ya sea que no les guste el decomiso de armas o quieran instalarse frente a Palacio Nacional. La orden es “no reprimir”, aguantar con estoicismo los insultos y agresiones físicas de activistas enfurecidos.  

Eso no se ve en ninguna parte del mundo. Ni en Cuba con su autoritarismo comunista, ni en las democracias europeas y menos en Asia, donde la respuesta de la autoridad es inmediata. Incluso en Hong Kong, donde hay manifestaciones masivas, la policía responde cuando se siente intimidada o agredida. 

La presente Administración nos lleva al desastre cada vez que permite el avance de grupos de presión, ya sea el crimen organizado, sindicatos radicales o pobladores que quieren algo por la fuerza. Cuando se rompe el orden y se viola la ley impunemente y frente a todo el país, queda un mensaje claro: el Estado está en retirada. Los mismos soldados o ciudadanos testigos de las agresiones se encargan de grabar y subir a redes los hechos. 

Nadie quisiera una respuesta desproporcionada donde se repelieran los ataques a balazos, pero hay técnicas de contención. Gases lacrimógenos, balas de goma o simples macanas. Lo vemos en la respuesta de la policía francesa frente a los violentos “chalecos amarillos”. Cualquiera que use la fuerza o la violencia contra la autoridad debe ser reprimido con una respuesta más violenta pero no letal. 

De todas las encuestas que se realizan, las instituciones más respetadas por la opinión pública son las Fuerzas Armadas. Sabemos que en general son los más humildes y leales servidores públicos. Sin ellos México no existiría como nación. 

Cada seis años sus jefes, nombrados por el Presidente de la República, juran lealtad y se someten al mandato de quien resulta electo. No importa de qué color sea el partido o cuáles sean sus propuestas. El Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea se cuadran; se alinean a las indicaciones de su Jefe Máximo, aunque les ordenen soportar agresiones e insultos. Lo han demostrado ya. 

Pero la lealtad es de dos vías. Las Fuerzas Armadas son leales al Poder Ejecutivo pero el Presidente debe ser leal también. Si los convierte en sparring de extremistas o “punching bags” del crimen organizado o de quien se le antoje someterlos, se rompe el respeto recíproco de las instituciones.

Cuando se les ofende, nos ofenden a todos; cuando se les somete, nos someten a todos; cuando los secuestran y golpean, se lo hacen a México. No queda duda. Es natural que la furia interna que ellos sienten, la sintamos todos. 

Mientras eso sucede, el Estado y las instituciones pierden terreno y lo ganan la anarquía y la violencia, que jamás obedecerán las órdenes de un Presidente por más que invoque a sus “mamacitas”, a menos que sientan amenazada su vida o su libertad. 

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