Opinión

Otro tronco a los engranes

Godínez, Fulanez o Cantinflas, comprenden mejor lo que sucederá cuando las secretarías de Estado no tengan dinero para los gastos más elementales de una oficina.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Godínez, vaya por favor a la Secretaría del Trabajo y entregue esta caja con cubrebocas a la titular; no se equivoque, mencione que va de parte de Fulanez. ¡Ah!, dígale que ya le encargué el vino tinto que le prometí”.

 Si jefe, nada más que la moto ya no trae gasolina y se descompuso del embrague, ahora tengo que ir en el Metro, tardaré toda la mañana”.

¿Cómo, dice Godínez?, ¿apenas la semana pasada le di para gastos? Además, no sea elegante, se llama clutch. Tenga, aquí le va un billete de 500 para que lo arregle”.

 Pero jefe, esos 500 nada más reponen las flores que le mandó la semana pasada a la señora. Todavía me debe el café colombiano que le compré en Costco y las tres cajas de cerveza que me encargó antes de la pandemia, cuando iba a tener una fiesta en su casa. Además su secretaria dijo que ya no me va a reponer ningún gasto porque le redujeron todos los ‘accesorios’”.

Godínez, Fulanez o Cantinflas, comprenden mejor lo que sucederá cuando las secretarías de Estado no tengan dinero para los gastos más elementales de una oficina. Con el 75% menos de presupuesto no les alcanzará para comprar agua embotellada, qué decir de las cocinas internas, los chefs, los meseros contratados por fuera y, claro las bebidas incluidas en los “gastos generales” del Sr. Secretario.

Al cortar el presupuesto para insumos y otros gastos, se quedarán sin tinta para imprimir en las copiadoras, sin papel para enviar oficios y sin viáticos elementales para lo cotidiano o las emergencias.

Si no fuera porque es real el austericidio, podríamos imaginarnos una mala película donde cientos de proveedores a quienes deben insumos, rentas, honorarios y otros gastos, hacen fila para cobrar lo que, si bien les va, les pagarán hasta el año que viene.

Mientras eso sucede, las máquinas motoconformadoras, las pavimentadoras, los “trompos” de concreto no paran en Dos Bocas y Santa Lucía. Las estructuras de acero se hincan en el suelo movedizo de la inutilidad y el Tren Maya hace chu-chu-chu a todo lo que da, convirtiendo un sueño infantil en el peor gasto público que pueda uno imaginar.

La pésima administración de los fondos públicos hará que cientos de miles de burócratas se miren a las caras y se pregunten: ¿quién fue el genio que ordenó la austeridad mientras se tiran cientos de miles de millones en obras que nadie pidió y que no servirán para gran cosa?

Los doctores en Economía del Banco de México se rascarán la cabeza tratando de explicar lo que pasará cuando la operación de todo el Gobierno se atore porque falta un tornillo, un embrague o la copiadora se descomponga.

¿Cómo explicarle a los mercados que México va rumbo al tornado mientras todas las naciones salen corriendo y evacuan la tormenta en sentido contrario? ¿Qué harán en la Secretaría de Relaciones Exteriores sin viáticos, servicios y rentas en las embajadas y los consulados de México en el mundo? Tan sólo imaginar el estado de ánimo de la burocracia da frío.

El humor de los Godínez o los Fulanez será negro y seguro pedirán a los ciudadanos una “cooperación” para atenderlos. Esto no puede ser, de verdad es una locura. Equivale a poner un tronco en medio del engranaje del servicio público. Será un autogol de “antología”, como dijera Angelito Fernández.

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