Opinión

País pobre, país rico (Primera parte)

Hace algunos años un libro sobre educación financiera personal llegó a los primeros lugares de venta en el mundo.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Hace algunos años un libro sobre educación financiera personal llegó a los primeros lugares de venta en el mundo. “Padre pobre, padre rico”. Es la historia de un hawaiano, Robert Kiyosaki, quien narra cómo su padre tenía la creencia del tradicional norteamericano que espera lograr un buen trabajo y mantenerse ahí hasta su jubilación.

Kiyosaki encuentra a un mentor adinerado, un próspero empresario que le enseña a invertir. La enseñanza tuvo valor para millones que hoy lo siguen. Hay muchos libros sobre la bondad del ahorro, la disciplina y el emprendimiento, desde Napoleon Hill con su éxito “Piense y hágase rico”, hasta los “Secretos del hombre más rico de Babilonia”.

La literatura de autoayuda florece en las sociedades donde hay libertad para prosperar. ¿Y las naciones? ¿Cómo logra un país convertirse en un éxito o un milagro económico en beneficio de sus ciudadanos o sus habitantes? La pandemia y sus consecuencias muestran las posibilidades y la defensa que otorga la prosperidad y el verdadero bienestar. Lo vemos con el hundimiento del PIB que tendrá México este año y las inexistentes medidas para proteger el empleo.

Mientras países ricos apoyan a empresas y ciudadanos con dinero directo (propio o prestado) sin intermediarios, aquí vivimos el desamparo total. Desde hace dos décadas admiro la fórmula de éxito económico y social de Singapur, un pequeño país con la mitad del territorio de León y poco menos población que Guanajuato. Hoy destina 70 mil millones de dólares para apoyar la economía mediante pagos directos a las familias y a las empresas.

Si dividimos entre los 5.6 millones de habitantes, resulta que a cada ciudadano corresponden 12 mil 500 dólares, unos 264 mil pesos. Esa medida equivale a 13 veces el presupuesto anual del estado de Guanajuato. Para Singapur es un 20% de su PIB. El golpe a su economía será de entre -4 y -7%. Sin recursos naturales, el pequeño país vive de la banca, el comercio, la industria de punta y el comercio internacional.

El golpe del Covid pega a todo lo que produce al no tener sector primario (agricultura y minería). Tiene una gran ventaja: bolsillos profundos. Se estima que las reservas del país, entre sus fondos soberanos y las reservas internacionales, llegan a 700 mil millones de dólares (cuatro veces las reservas del Banco de México con una veinteava parte de la población).

Para enfrentar la peor crisis económica de su historia, sólo utilizarán un 10% de sus reservas. Nadie pasará hambre, ni siquiera los más de 2 millones de ciudadanos extranjeros con permiso de empleo temporal. Ser un país rico y desarrollado representa la ventaja de no ver morir a tantos contagiados como en México, ni siquiera como en naciones que imaginábamos todo poderosas frente a la pandemia. También significa tener recursos para regresar pronto a la normalidad con la seguridad de que nadie “será dejado atrás” (no one left behind).

El ejemplo de la eficacia de sus servicios médicos sorprende a todo el mundo. Con 34 mil infectados a la fecha, sólo han fallecido 23. Una letalidad menor a uno por cada mil contagiados. La base de su prosperidad tiene que ver con los mejores valores del confucianismo, la ética del mérito personal y social; el imperio de la ley y el orden. Además la veneración por el emprendimiento y la honestidad en el servicio público. (Continuará)

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