Pecados inconfesables

El Papa Francisco mueve a la Iglesia católica a un ritmo lento pero constante. Si no tuviera las fuerzas conservadoras en su contra, ya habría relevado a los sacerdotes de la obligación del celibato.

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Por: Enrique Gómez Orozco

El Papa Francisco mueve a la Iglesia católica a un ritmo lento pero constante. Si no tuviera las fuerzas conservadoras en su contra, ya habría relevado a los sacerdotes de la obligación del celibato. 
En su cumpleaños 83, el Pontífice elimina la obligación de guardar el secreto de confesión cuando hay casos de pederastia. Antes, la visión de la Iglesia era puramente canónica, ajena al mundo de las leyes civiles. Los pecados eran eso y no crímenes. 

Por eso vimos a Marcial Maciel “retirarse a la oración y la penitencia” por órdenes de Benedicto XVI y no enfrentar los tribunales civiles. Su penitencia, que debió ser años de cárcel desde que se le denunció públicamente en el 97, se convirtió en una reprimenda después de una década de escándalo. 

Aquí en Guanajuato se procesó penalmente a un sacerdote y se le encarceló por abusar de varios monaguillos. Todo en contra del obispado, que protegía sin pena ni arrepentimiento las tropelías del cura.

La verticalidad del entonces procurador Federico Chowell hizo cumplir la ley a pesar de todas las presiones sociales de la secta del Yunque y los católicos más conservadores.  
Importaba más la imagen de la Iglesia local que someter a la justicia a quien había dañado a los miembros más débiles del catolicismo. Eso ya cambió. 

La suma de reportes de violaciones y pederastia se dieron en todo el mundo. El silencio y la ocultación cobrarían un alto precio en dinero y prestigio a la Iglesia. En Estados Unidos, más de 3 mil millones de dólares se pagaron para compensar a las víctimas. Dinero que era para fortalecer la educación en becas, los apoyos sociales y la evangelización, fue desviado para cumplir con las demandas de los afectados. 

En México priva aún el silencio y la impunidad a pesar de todo. Muy pocos pederastas cumplen condenas y la mayoría vive bajo el cobijo de la impunidad, con la idea torcida de que sus actos son pecados y no crímenes, que ahora serán inconfesables porque no se guardará el secreto protector del sacramento que los liberaba de culpa dentro de la propia Iglesia. 

Desde hace algunos años, no encuentro un católico razonable que defienda el celibato. Los amigos más católicos o los parientes más creyentes saben y reconocen las deformaciones sicológicas que fomenta la prohibición de formar familia. Admiten que la Iglesia se convirtió en refugio de homosexuales (asunto muy respetable bajo la óptica moral del siglo XXI), sobre todo en las altas esferas del Vaticano. Frederic Martel, periodista e investigador francés, descubrió que entre más homofóbicos parecían algunos dignatarios de la Iglesia Romana, más probabilidades había de que tuvieran una vida doble. Su libro, llamado Sodoma, ha despertado al propio Vaticano sobre esa realidad. 

Este mismo año, el Papa Francisco exculpó a sacerdotes africanos del celibato. Un pequeño paso que crecerá a otras geografías y paulatinamente provocará la renovación más importante desde la Edad Media, cuando se concentraba el poder económico y político de la institución con la prohibición del matrimonio entre sus miembros. 
 

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