¿Peña Nieto en el circo o en la justicia?

Si la intención de López Obrador es eliminar la corrupción, el camino que sigue su administración no es el más corto. Todos los países honestos en la función pública tienen algo en común: instituciones sólidas, procesos de compra y contratación abiertos. Cero uso de efectivo y tecnología digital de punta.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Si la intención de López Obrador es eliminar la corrupción, el camino que sigue su administración no es el más corto. Todos los países honestos en la función pública tienen algo en común: instituciones sólidas, procesos de compra y contratación abiertos. Cero uso de efectivo y tecnología digital de punta.

Debe haber un cambio de señal política y una determinación férrea para combatir la impunidad. Todo parte de la voluntad política, pero no basta. Entrado en funciones, con 19 meses ya, el sexenio no parece distinguirse mucho de los anteriores. Hay más compras directas que antes (el 70%). Al INAI (Instituto Nacional de Acceso a la Información) lo debilitan en lugar de fortalecerlo y la discrecionalidad en el manejo de las entregas en efectivo para múltiples fines no se audita siquiera.

El arma más potente para identificar el flujo de moches y mordidas es la Unidad de Inteligencia Financiera. “Hay que seguir el dinero”, fue la frase favorita de los gobiernos desde que Al Capone fue consignado. Al mafioso nunca le pudieron demostrar sus crímenes hasta que llegaron a sus cuentas de ventas no reportadas al IRS o Servicio Tributario.

El Presidente convenció al electorado de que el problema más grande del país era la corrupción. Con él se acabaría. Sería su gran batalla. Se ahorrarían 500 mil millones de pesos. Al combatirla disminuiría la criminalidad, tendríamos dinero suficiente y todo sería felicidad. Las cosas no han salido como lo prometió o imaginó.

La primera señal de que su lucha sería selectiva fue la dispensa a Manuel Bartlett quien ostensiblemente mintió sobre su fortuna. Siguieron las casas de Irma Eréndida Sandoval y el pozo negro y sin fondo del reparto de dinero en efectivo.

El caso Odebrecht, el más célebre entramado de corrupción de Latinoamérica, tenía que abrirse. Emilio Lozoya está metido hasta el cuello. Lo mismo que el ex presidente Peña Nieto. Al principio hubo la percepción de que López Obrador había pactado un indulto a Peña. La corrupción del priista era demasiado obvia desde su Casa Blanca y las ligas con la constructora Higa, de su compadre.

Cuando la Fiscalía sigue depósitos y propiedades de Lozoya, encuentran su lado flaco en la mamá y la esposa. Podrían ser sentenciadas por lavado de dinero. El prófugo estaba acorralado. Hasta que le enviaron un salvavidas para sus familiares. “Cantas y todo se resuelve”. Oportunidad que no desaprovechó. Con tal de librar a su familia de un encierro largo e incierto, Lozoya cantará como Pavaroti lo que quiera el Fiscal. Total, está decidido a romper con la mafia peñista.

López Obrador se convierte en el cronista de la historia en lugar de guardar sigilo como dicen que debe de ser en el ámbito legal. Los otros horneados en la mañanera no sufrirán mucho. Comprobar entrega de dinero en efectivo sólo se puede hacer con cortometrajes estilo Carlos Ahumada, cuando soborna a René Bejarano. El instinto del pueblo bueno comprenderá que el show es limitado y ni siquiera llegará al principal responsable. Aunque el deterioro en la economía puede lograr que finalmente echen a los leones a Peña Nieto para regocijo popular. El circo va, el problema será el pan. 

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