Opinión

Perspectiva

El diseño del nuevo Gobierno tiene con los pelos de punta a los observadores políticos ilustrados y espantados a los empresarios.

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Por: Enrique Gómez Orozco

“Nadie se baña dos veces en el mismo río”. Heráclito

El diseño del nuevo Gobierno tiene con los pelos de punta a los observadores políticos ilustrados y espantados a los empresarios. La avalancha de iniciativas para controlar todo desde la presidencia nos remonta a la hegemonía priísta de hace 50 años. Una época en la que el Presidente y su partido lo podían todo, o casi todo.
Con el avance democrático surgieron instituciones independientes del poder central. Mientras Luis Echeverría ordenaba imprimir dinero al Banco de México para financiar sus locuras, hoy el Gobernador de esa entidad y los subgobernadores no permitirían una orden así. 
Recuerdo que el monto de las reservas en dólares del Banxico sólo se revelaban un día al año, durante el informe presidencial. Su secreto permitía la especulación y los continuos ataques desde dentro y fuera en contra del peso. Hoy se publican cada semana. 
El Inegi también es una institución independiente que reporta todos los datos relevantes de la vida económica y social del país. La inflación y el crecimiento económico o la criminalidad, datos que ya no los puede inventar o maquillar Hacienda o el propio Ejecutivo como sucedía en el pasado. En el caso del lNE, su independencia sostiene nuestra democracia. 
Cierto, el nuevo Gobierno ya le pegó a la Comisión Reguladora de Energía y mete mano en el Consejo de Pemex; también quiere controlar al Poder Judicial, que sería lo más grave. Aún así hay mucho terreno de por medio entre lo que el Presidente quiera influir y lo que permita la Suprema Corte de Justicia. 
Y hay otro factor externo incontrolable: los medios de comunicación, incluidas las redes sociales. La presencia de Jorge Ramos en la conferencia matutina con el presidente Andrés Manuel López Obrador marca una tensión natural de las sociedades abiertas. La información fluye y fluirá sin censura para quienes quieran ahondar en la realidad. Son demasiadas las fuentes y las bases de datos del propio Gobierno como para manipularlas sin que nos demos cuenta. 
Eso pasó en Argentina con Cristina Fernández de Kirchner, quien quiso ocultar la inflación creciente y adecuaba las cifras para influir en los mercados. Un grupo de ciudadanos comenzó a medir la inflación real que era muy superior a la reportada y, desde Estados Unidos, se publicaba la verdad, anulando la mentira oficial. Los mercados creyeron en los ciudadanos más que en el Gobierno. 
México no se convertirá en el país de un solo hombre, de una visión única, ni siquiera de un partido dominante como lo fue el PRI en su esplendor. Eso no quiere decir que esté garantizada la estabilidad política o económica. La mala administración afecta siempre y puede desembocar en tragedias como la de 1995 pero ahora tenemos señales anticipadas por la fluidez de la información en los mercados. 
La Guardia Nacional puede no funcionar, aunque esperamos de corazón que triunfe en pacificar al país. Finalmente es una nueva institución. 
Nadie puede “mandar al diablo a las instituciones”, ni siquiera AMLO, porque sin ellas el país entraría en un caos de ingobernabilidad. Eso no conviene a nadie, ni siquiera a Morena, el partido gobernante que ya nos trae reminiscencias del PRI, porque todos sus miembros distinguidos recibieron su primera educación política en esa “institución”. Todos. Pero ahora nadan en otro río, el México de la apertura y la democracia. Eso nadie nos lo puede arrebatar. 

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