Opinión

Por los llanos de Texas

Después de 7 meses de encierro tomamos la decisión de hacer un pequeño viaje. Teníamos semanas de discurrir y discutir si ya sería tiempo de ir a Estados Unidos a quitarnos la polilla. Tomamos el riesgo.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Después de 7 meses de encierro tomamos la decisión de hacer un pequeño viaje. Teníamos semanas de discurrir y discutir si ya sería tiempo de ir a Estados Unidos a quitarnos la polilla. Tomamos el riesgo. 

Salimos de Harlingen, Texas rumbo a Austin. Con un auto rentado sería más difícil infectarse. Hertz, la empresa más grande del mundo en rentas está quebrada. La pandemia la reventó. Aún así opera como si nada y hasta da descuentos magníficos.

Hertz y otras arrendadoras de autos funcionan igual de bien que antes. En México resulta muy buena opción para viajar aunque los aviones también son seguros por los filtros EPA que usan. A pesar de que comenzó ya el otoño, en las planicies del sur texano hace calor que ni se siente en el auto Chevrolet casi nuevo. Un Malibu que sorprende por la economía: 14 kilómetros por litro en carretera. 

Muchas cosas cambiaron desde la última ocasión en que viajamos por las tersas supercarreteras texanas. Lo primero que vemos son centenares de aerogeneradores, hilados en una malla eléctrica para aprovechar al máximo la brisa que viene del Golfo de México o de cualquier parte. 

También aparecen las bombas extractoras de petróleo, esas que asemejan pata de robot. A un lado de la carretera 77 se construye otra nueva super con puentes de medio kilómetro y montaña tras montaña de terraplenes que aún así permiten el tránsito por caminos laterales. Si no estuviéramos enterados de la pandemia, podríamos decir que Estados Unidos y Texas permanecen en su boom de infraestructura, petrolero y eléctrico. 

Al llegar al destino ponemos gasolina barata porque los autos de renta están diseñados para consumirla. El ticket marca 21 dólares por llenar el tanque. Después de 520 kilómetros el rendimiento es de menos de un peso por kilómetro. Para los texanos es una ventaja competitiva innegable. El galón costó 1.799 dólares o 9.90 pesos por litro al tipo de cambio de ayer. Casi la mitad de lo que tenemos que pagar en México y eso sin presuntos “gasolinazos”. 

El presidente López Obrador se paró en su camino de Mexicali a Tijuana donde se encontró con aerogeneradores que producen riqueza limpia para México. Tuvo la increíble idea de decir que los molinos gigantes estropeaban el paisaje de la Rumorosa en Baja California. 

Tratamos de contar los molinos a lo largo de la carretera 77. Imposible porque los hay por dondequiera. En otra zona cercana sabemos de la riqueza que extraen con el “fracking”, un método criticado sin fundamento porque presuntamente contamina el subsuelo y crea mini terremotos. A los texanos, enfundados en sus jeans y botas, con gran sombrero y camisa con estoperoles, les tiene sin cuidado el tema. Les encanta lo grande y la riqueza que tienen. Gracias a su pujanza, Estados Unidos se convirtió de nuevo en un país autosuficiente en energía y con grandes sobrantes de gas, que por cierto venden a México a bajos precios. 

Los texanos nadan en abundancia energética, pero no por eso olvidan el futuro. Los aerogeneradores y las celdas solares aumentan su competitividad. Cada día es más barato producir energía limpia. En México todos lo sabemos, menos la CFE de Manuel Bartlett. Nuestro vecino se distingue por atraer capitales, por invertir y crear un clima amigable para las empresas. Pocos requisitos, poca “cinta roja”, muchos créditos a bajo costo. Es penoso decirlo pero ¿por qué no podemos ser como ellos? Siempre que cruzamos la frontera lo decimos en voz baja.

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