Rebaño

¿En qué nos habremos de convertir? ¿Seremos mejores o peores después de estos imprevisibles y devastadores meses? ¿Habremos aprendido algo de nosotros mismos o nos obstinaremos en aferrarnos a nuestros temores, nuestra inercia y nuestra avaricia?

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Por: Jorge Volpi

¿En qué nos habremos de convertir? ¿Seremos mejores o peores después de estos imprevisibles y devastadores meses? ¿Habremos aprendido algo de nosotros mismos o nos obstinaremos en aferrarnos a nuestros temores, nuestra inercia y nuestra avaricia? ¿Este inverosímil periodo de amenaza global nos habrá tornado más dúctiles, más empáticos, más libres, o justo lo contrario: más crueles, más ensimismados, más ciegos? ¿Sabremos sacar alguna enseñanza y algún provecho de tanto dolor, tanta incertidumbre y tantas muertes o fingiremos que nada ha sucedido, tercos con retomar nuestras vidas donde se quedaron aparcadas hace ya muchos meses? Lo único seguro es que no seremos los mismos: por más que nos obcequemos en la nostalgia de ese pasado inmediato ya imposible, somos irremediablemente otros, aunque aún seamos incapaces de saber exactamente quiénes.

Sin duda habrá a quienes la enfermedad o las pérdidas cercanas les hayan abierto los ojos hacia el resto de la humanidad, quienes habrán aquilatado el dolor ajeno hasta volverlo propio y quienes se aprestan, desde allí, a intentar mejorar el mundo. Pero también hemos visto ya decenas de casos de quienes se han infectado y salvado pero ello, en vez de volverlos más tolerantes o más comprensivos, ha reconcentrado su odio, su frustración o su desesperanza: pensemos, por ejemplo, en todos esos políticos que desdeñaron el virus, terminaron contagiándose y, ayudados por los mejores médicos, salieron adelante solo para perseverar, aún con más tozudez, con su solipsismo.

Tras un año y medio de pandemia, el mundo ha redescubierto espacios escondidos para el diálogo, la renovación y la esperanza, pero en términos generales se ha vuelto un lugar aún más inhóspito que antes. Por encima de todo, las brutales desigualdades previas no han hecho sino acentuarse: más persistente que el virus, la lógica neoliberal ha triunfado en casi todas partes, ensanchando las brechas entre unos y otros, alimentando el egoísmo y profundizando las diferencias y minando las grandes oportunidades para la solidaridad que se nos han presentado.

La distorsionada distribución de las vacunas -nuestro mayor logro en estos oscuros tiempos- es quizás la mayor prueba de este desequilibrio: las grandes potencias que las han acumulado mientras países enteros carecen de ellas, los ricos que pueden emprender el turismo de vacunas al tiempo que miles mueren por falta de atención médica elemental, los sectores a los que por razones políticas o ideológicas se les ha marginado o pospuesto voluntariamente, en un extremo más del biopoder neoliberal. Pero también todos aquellos que han perdido sus trabajos, sin que sus gobiernos hayan querido auxiliarlos, o quienes no han tenido la fortuna de tener una buena conexión a internet para sobrevivir a los angustiantes meses de distancia y han estado privados de oportunidades laborales, clases en Zoom o, siquiera, relaciones sociales o entretenimiento. Y, en fin, todos aquellos que jamás pudieron confinarse y, para mantener a sus familias -y la lógica productiva de quienes sí lograron encerrarse-, se arriesgaron todos los días a tomar el transporte público y a dirigirse a sus esenciales puestos de trabajo.

Y, aun así, algo nos hermana: como pocas veces en la historia, el orbe entero ha padecido miedos semejantes. En China y Colombia, en Australia y Rusia, en Finlandia o Gambia, en Irán o México, la pandemia ha azotado a los sobrevivientes con idéntica fuerza, exponiendo nuestra vulnerabilidad y nuestra insignificancia. Durante mucho tiempo no necesitaremos otro memento mori. Apenas somos capaces de vislumbrar las consecuencias psicológicas de la pandemia en millones. Catástrofes paralelas en el pasado -guerras, pandemias, desastres naturales- han mostrado nuestra doble disposición al olvido y a la renovación. Imposible predecir, hoy, el futuro inmediato: si, cuando alcancemos la inmunidad de rebaño, seremos una grey atarantada, impulsiva, torva, o si lograremos sentar las bases de una sociedad siquiera un poco más justa.

@jvolpi

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