Opinión

Reflexión de Navidad: Los infiernos

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Por: Alejandro Pohls Hernández

Reflexión de Navidad: Los infiernos

Reflexión de Navidad: Los infiernos

A lo largo de la historia de la humanidad, el pavoroso y recurrente concepto de los infiernos ha sido objeto de un secular debate entre creyentes y no creyentes. 

La casta sacerdotal fue la creadora de estas fantasmagóricas imágenes de castigo, que han dado rienda suelta a la imaginación humana y que han sido de gran utilidad para el control de las masas, utilizando el miedo y el terror.

Dante hace una descripción clásica en la Divina Comedia. Su relato es poético y lo acompaña Virgilio, quien conoce la entrada al Averno, que está en el pantano del Aqueronte, cerca de Cannes. Al llegar al terrible lugar, encuentran nueve círculos especializados en diferentes tormentos, según el pecado y el pecador. En ese infierno se encuentran vulgares pecadores, pero también refinados políticos, ampulosos cardenales y hasta potentados empresarios.

Es justamente en el Medio Oriente donde nace nuestro infierno tan temido.

¡Ay!, es necesario arrepentirse ante la amenaza de un eterno dolor donde los glotones tragan culebras, vapores nauseabundos y lodo; donde serpientes y sapos devoran el sexo de los lujuriosos y a los avaros se les sumerge en metal derretido. Sin embargo… “El castigo de los desgraciados –afirma San Gregorio Magno– es un espectáculo regocijante para los elegidos”.

Ángeles y demonios concebidos por el mazdeísmo pasaron a la religión de las grandes civilizaciones del Medio Oriente y son llevados a Jerusalén por algunos de los judíos que regresan del exilio de Babilonia, alrededor del año 538 a.C. Babilonia, la ciudad perversa, la gran prostituta condenada por los profetas, deja su huella en la conciencia de Occidente.

Sin embargo, en los textos sagrados judíos, las ideas de la resurrección, la vida eterna y el infierno como castigo imperecedero de fuego no existen. La creencia popular acepta la posibilidad de que los justos de Israel vuelvan a disfrutar de una perfecta vida corporal sin sufrimiento, pero aquí en la tierra.

Desconocen el concepto de un alma inmortal, separada del cuerpo y destinada a gozar en la vida celestial. El destino humano se cumple en la Tierra.

Cuando Jesús nace, ya se habla insistentemente del fin de los tiempos, es decir, del fin del mundo y de las torturas a que serán sometidos los perversos, los malvados, los malosos, los infieles.

Esta visión apocalíptica encuentra terreno fértil en el cristianismo naciente y para el año 300 de nuestra era, el infierno cristiano ya está claramente configurado con los tormentos específicos para cada flaqueza y el inextinguible fuego eterno. 

Aunque varios grandes personajes de la Iglesia, como Clemente de Alejandría y Orígenes, piensan que se trata de una alegoría de un fuego espiritual. 

Para el siglo VI de nuestra era, el infierno como amenaza de pena eterna ya era un hecho generalizado que abonaba irremediablemente los miedos de la época. Los sociólogos actuales han estudiado el fenómeno sin llegar a un acuerdo.

Según algunos, “Ninguna sociedad habría resistido a este patético recurso de espanto si lo hubiera creído en verdad en lo más elevado de su conciencia”. 

Otros señalan, por lo contrario, que este discurso terrorista ha sido conscientemente elaborado, y luego preservado durante siglos, en la medida en que lograba su objetivo: ejercer un poder sobre las masas. 

Habría que recordar que un principio universal bien conocido por los políticos es que el miedo paraliza.

Pero las cosas han cambiado y el discurso del terror ya perdió crédito. El padre Fromentiere no puede entender cómo es que, con todos los esfuerzos realizados para aterrorizar a los fieles, éstos “ya no se mueran de miedo”; el carmelita Simón de la Virgen se asombra: amenazamos, y ¡nadie se corrige!”.

Por su parte, Schopenhauer señala que nuestro mundo es el peor de los mundos posibles, no es sino un mundo de dolor, no se necesitan más infiernos:

“El dolor es la forma con la que se manifiesta la vida”. 

Nosotros mismos, continúa Schopenhauer, perpetuamos este infierno con nuestra diabólica voluntad de sobrevivir, la cual hemos de superar para desembocar en la nada.

En el verano del año 1999, el papa Juan Pablo II corrigió el concepto tradicional del infierno. 

Defendió la idea de que éste, más que un lugar físico, está dentro de cada quién. ¿Ningún lago de fuego y azufre en el cual las almas de los condenados son arrojadas? ¿Ningún demonio de cuernos ni trinches?

El infierno sería una colosal injusticia, contraria a todos los principios… porque es inaceptable nacer culpable y que te condenaran eternamente por una falta temporal de pensamiento, palabra, obra u omisión; es decir, siempre hacerte sentir culpable.

Se trataría, según Georges Minois, de “un infierno psicológico de dolor en la tierra creado por las decisiones de uno mismo que son contrarias a los principios de armonía, de convivencia y de buena relación con el género humano”. 

En su interesante libro Historia del Infierno, éste es el espejo de los fracasos de cada persona para resolver sus problemas y revela la ambigua condición humana. 
Pese a esas declaraciones de Juan Pablo II, algunos príncipes de la Iglesia, como Juan Sandoval Íñiguez, insisten en seguir aterrorizando a sus feligreses.

Sin embargo, la inteligencia del pueblo ya no es burlada con facilidad, y ante estas amenazas el furios populi, con simpática habilidad, las ha utilizado para revirarle a Norberto Rivera, cuando una turba enardecida entró a la Catedral Metropolitana y en coro entonó: “Norberto Rivera, el infierno te espera.”

Estimado lector, mande a volar sus infiernos, no se muera de miedo, la vida solo es una, gócela y disfrútela. Feliz Navidad, ¡hasta el próximo año!

Fuente:
Minois, Georges, Historia del Infierno, Tauros, 2004

 

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