Regreso a Texcoco

Mucha gente se pregunta si el proyecto del aeropuerto de Texcoco pudiera realizarse en un futuro. Destruirlo costó más que haberlo terminado. Según la Auditoría Superior de la Federación, fueron 331 mil millones de pesos el precio de echarlo a la basura.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Mucha gente se pregunta si el proyecto del aeropuerto de Texcoco pudiera realizarse en un futuro. Destruirlo costó más que haberlo terminado. Según la Auditoría Superior de la Federación, fueron 331 mil millones de pesos el precio de echarlo a la basura. Además pagaremos el precio de Santa Lucía, una obra mediocre, compleja que no responde al futuro. 

En la parte técnica el NAIM (Texcoco) podría reconstruirse y finalizarse. Para los ingenieros mexicanos no hay reto imposible. El aeropuerto de Santa Lucía no tiene la virtud de poder convertirse en un Hub o centro distribuidor internacional de pasaje, punto de encuentro de vuelos domésticos e internacionales. Su diseño, del mejor arquitecto del mundo, Norman Foster, fue recientemente premiado por su belleza, funcionalidad y concepción arquitectónica. 

Como una enorme estación central aérea, Texcoco supliría al actual aeropuerto Benito Juárez y multiplicaría por tres su capacidad. De 45 millones de pasajeros podría recibir 130 millones en el futuro. Más de lo que reciben Atlanta, Chicago o Los Ángeles. La visión era convertir a México en el punto de encuentro entre Latinoamérica, Norteamérica, Asia y Europa. Era el símbolo de una aspiración nacional: la puerta y las alas de un México con crecimiento y en auge turístico y económico. Todo eso lo tiraron en una votación espuria. 

El ingrediente principal para reconstruirlo es una voluntad política férrea de quien suceda a López Obrador. Algo así como un Joe Biden mexicano. Un constructor nato que no tenga miedo al capital nacional y extranjero, que no tenga temor al cambio y a explicar que, sin una gran infraestructura, las nuevas generaciones no tendrán las oportunidades para florecer y gozar una mejor calidad de vida que sus ancestros. 

Eso nos lleva a otra pregunta: ¿mantendrá el poder Morena después de López Obrador? La respuesta la tendremos el próximo 7 de junio. En las últimas semanas el paisaje político cambió según las encuestas. El Congreso quedará sin un partido mayoritario y es probable que la oposición (PAN-PRI-PRD-MC) puedan construir acuerdos para ser un contrapeso real del Presidente. 

Hay quienes dicen que “no se debe politizar la tragedia del Metro”. Si el accidente hubiera sido producto de un fenómeno natural como un rayo o un terremoto, sería razonable no lucrar con el colapso de la estructura. Lo cierto es que hay responsabilidades políticas y administrativas. El luto y el dolor; la pérdida de tiempo y las complicaciones de perder un medio de transporte vital para la zona oriente de la CDMX tienen responsables. El peritaje dirá con precisión de dónde vino la falla catastrófica. Eso no quiere decir que los panistas que se manifestaron frente al lugar del desastre tengan el derecho de lastimar la inteligencia del electorado. Ellos no “politizaron”, se convirtieron en oportunistas de cuarta. 

La tragedia de Tláhuac puede cambiar el resultado de la elección, que a su vez puede definir el resultado del 2024. La Casa Blanca de Enrique Peña Nieto fue el origen de la caída del PRI. Luego siguió Ayotzinapa y quedó enmarcado todo en la enorme corrupción de su sexenio. El desgaste de gobernar cobra cuentas tarde o temprano. Morena ya no es el mismo partido triunfante de hace 3 años. 

Para el próximo candidato de la oposición en el 2024, reconstruir Texcoco podrá ser la primera promesa de un México abierto y lleno de oportunidades. Al menos ese es el sueño de quienes comprenden la importancia de la infraestructura para el desarrollo de los pueblos. Vale. 

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