Robemos el fuego de la palabra (La prudencia de Carlos Slim)

La foto es elocuente: Carlos Slim acompaña a López Obrador en el rancho “La Chingada”, propiedad del mandatario en Tabasco. Enfundados en frescas guayaberas, comparten el calor primaveral y la sombra de un árbol centenario.

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Por: Enrique Gómez Orozco

La foto es elocuente: Carlos Slim acompaña a López Obrador en el rancho “La Chingada”, propiedad del mandatario en Tabasco. Enfundados en frescas guayaberas, comparten el calor primaveral y la sombra de un árbol centenario. La publicidad del encuentro corrió por parte de los empleados de AMLO. 

Para muchos la imagen es la viva muestra de la sumisión del empresario más importante del país a la política interna del mandatario. Interpretan un mensaje más que envía el Presidente: vean el hombre más rico de México viene a mis terrenos. Soy más poderoso que la fortuna más grande del país. 

A don Carlos se le ve tranquilo como siempre, dueño de una paz que dice: Aquí estoy en un encuentro con Andrés, con quien he tenido siempre una relación cordial. La responsabilidad y la prudencia de Slim obedece a su compromiso con los cientos de miles de empleados de sus empresas. Sabemos que los presidentes van y vienen y Slim permanece. 

En el fondo también comprendemos que no puede estar de acuerdo con las políticas económicas ni con el modelo de gobierno diseñado por el mandatario. A él le dolió, como a todos los mexicanos informados y con uso de razón, la destrucción del aeropuerto de Texcoco. Además de otras políticas públicas que hacen retroceder al país. 

Pero nunca jamás podrá enfrentarse a un presidente de la República. Las consecuencias de un desencuentro deliberado dañarían no sólo al ingeniero Slim, sino también a la economía nacional, a sus empleados y socios. Sería perder-perder. No creo que le importe tanto la obtención de mayores beneficios personales o acrecentar su ya de por sí abultado patrimonio. A su edad, el mejor ejercicio empresarial es su buen razonamiento, su prudencia y la sabiduría de haber participado en el desarrollo nacional en muchas y muy diversas circunstancias. 

A Slim le importa menos el qué dirán que el buen destino del país. Además puede ejercer una influencia benéfica con sus consejos. Sabemos que el Presidente no tiene la virtud de escuchar; lo demuestra cuando pone piedras en el camino a la inversión, a la iniciativa privada y a la transformación del país por la vía del libre mercado. Sin embargo la cercanía de gente sabia y prudente vale mucho más que la de los fanáticos que pululan a su alrededor. 

Es preferible ver a López Obrador en compañía de hombres sabios que de patanes como Fernández Noroña, John Ackerman o Félix Salgado Macedonio. Además la vida y el horizonte de Slim son de los más amplios que pueda tener cualquier ciudadano. Su visión debe ser a largo plazo porque tiene todos los elementos necesarios para informarse de los avances científicos y tecnológicos del mundo, de las tendencias del desarrollo global en las próximas décadas. 

Al presente sexenio le faltan tres años efectivos de poder. En un abrir y cerrar de ojos habremos pasado esta época de confrontaciones y emprenderemos de nueva cuenta la construcción del país que soñamos todos: próspero, productivo, seguro y lleno de ilusiones forjadas en la unidad nacional. 

Siempre he pensado que México necesita muchos más empresarios como Slim. Tan sólo ver cómo transformó Telmex o cómo creció por todo el continente da muestra de su capacidad emprendedora. Tal vez llegó el momento de sacarnos de la cabeza la narrativa oficial y comenzar a forjar nuestra propia historia intelectual, empresarial y política. Robemos el fuego de las palabras y las imágenes para devolverlo al lugar que pertenece: el futuro. 

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