Opinión

Somos una bala perdida

La pandemia crece y mucha gente no cree en el peligro que representa el contagio.

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Por: Enrique Gómez Orozco

La pandemia crece y mucha gente no cree en el peligro que representa el contagio. En todos los sectores de la población, desde el Presidente de la República hacia abajo, hay quienes desafían la realidad; salen a fiestas y reuniones familiares con decenas de participantes. No usan cubrebocas ni respetan la distancia mínima para evitar que otros se enfermen. 

Hoy todos somos una bala perdida para los demás porque no sabemos si el Covid-19 habita nuestras entrañas. Un estornudo, una pequeña exhalación que se disperse en un lugar cerrado puede contener el virus e iniciar una cadena de muertes. Desconocemos la tasa de contagio o el vector R que marca la multiplicación geométrica del Covid-19, ignoramos el número real de infectados y también cuántas víctimas mortales se han registrado. Vivimos una ignorancia criminal.

Bien dice el Dr.José Ángel Córdova que vamos a ciegas sin pruebas. Navegamos en la tormenta sanitaria sin brújula y mapa porque no tenemos una idea precisa de lo que significa, porque nuestro civismo es mínimo. Las puras frases de López Obrador reflejan ese desconocimiento. Podemos citar todas las veces que él y el doctor Hugo López-Gatell contradijeron los principios científicos. 

Tan sólo pensar en que el máximo líder de la Nación aparezca contradiciendo la ciencia, mostrando fetiches y amuletos; recomendando abrazos y rechazando lavarse las manos con desinfectante, es patético. Luego, decir que “esta pandemia nos cayó como anillo al dedo”, representa un cálculo político perverso. Sin ciencia, sin conocimiento de causa, el país emprendió la lucha contra la pandemia con prejuicios y una buena dosis de fanatismo. 

Cuando la guerra haya pasado, cuando tengamos que contar los muertos podríamos llegar a lo que nunca imaginamos: 132 mil fallecidos. La mayoría se pudieron evitar. Según los últimos datos del MIT, el tecnológico de mayor prestigio en el mundo, al final de la pandemia tendríamos cien mil muertes más de las que hoy contabiliza López-Gatell. Rogamos que otra universidad, la del estado de Washington, se equivoque, porque en el escenario de una apertura indiscriminada llegaríamos a 180 mil defunciones o unas 102 mil si se mantiene la sana distancia.

Cualquier número será lejano a la estimación oficial inicial de 6 mil muertes. La historia no termina en la tragedia del Covid-19. La pandemia arrasó con la economía, el empleo y la inversión. Desgasta todo el sistema de salud pública y cobra miles de vidas de médicos y enfermeras. La descripción del daño será como nunca hemos contado algún fenómeno natural. A diferencia de huracanes y temblores, en los que la naturaleza es impredecible e implacable, ahora los transmisores de la tragedia somos nosotros. En nuestras manos, boca y excrecencias llevamos sentencias de enfermedad y de muerte sin darnos cuenta. 

En una fiesta en una colonia popular de León, donde toca una banda Las mañanitas, la gente baila y canta. Llega la policía para dispersarlos y comienzan los insultos. Una mujer dice que el Covid es una treta del Gobierno y otra asegura que, si no las mató el sida, menos lo hará el coronavirus. Hay niños, jovencitas bailando; mayores con cerveza en mano. Tan sólo verlo en las redes sociales nos rompe el corazón de tristeza. 

El contraste son los hospitales públicos y privados, donde se aprietan los enfermos, donde fallecen en Guanajuato hasta 38 en un día. Qué pena. 

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