Opinión

‘Terroristas’

La justicia regresó a Guanajuato después de que el Gobierno liberó a 17 “presuntos terroristas” de Cuerámaro, que estuvieron presos 85 días.

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Por: Enrique Gómez Orozco

La justicia regresó a Guanajuato después de que el Gobierno liberó a 17 “presuntos terroristas” de Cuerámaro, que estuvieron presos 85 días. Los ciudadanos fueron acusados por haber hecho algunos destrozos al rebelarse ante un crimen infame de 4 niñas en esa ciudad.

Mientras las personas acusadas - ciudadanos con oficio conocido - purgaban días de encierro, el joven, presunto asesino que cercenó la vida de las niñas, permanecía libre. Las cosas al revés.

Por fortuna la Fiscalía General del Estado pudo detener al asesino la semana pasada y liberó a los ciudadanos de su amarga estancia en una cárcel de alta seguridad, propia para homicidas o delincuentes de alta peligrosidad.

En Guanajuato se legisló y se aplicó con ligereza una ley antiterrorismo que en su origen serviría para detener a quienes incendiaban automóviles y camiones o hacían vandalismo a partir de la detención de capos. Un buen método para eliminar la impunidad de quienes en una turba, impedían el paso de la policía estatal para hacer su trabajo.

El problema es acusar de terroristas a un grupo de ciudadanos enfurecidos por un crimen donde un joven que atropella y da muerte a cuatro niñas queda libre. Un malestar social comprensible como el que hay hoy en todo México por el secuestro y asesinato de Fátima, una niña de 7 años.

Por fortuna en el país no hemos sufrido actos de terrorismo verdadero, aquellos que se planean para causar el máximo daño al destruir vidas y edificios. Todo con el fin de enviar un mensaje a los enemigos políticos o religiosos.

Hay dos tipos de ataque terrorista, uno como el del 11 de septiembre en Nueva York, donde más de 2 mil personas perdieron la vida en el ataque a las Torres Gemelas. Otro como la bomba que puso Pablo Escobar a un vuelo de Avianca para intimidar a las autoridades colombianas.

El mundo occidental vive en amenaza permanente por el terrorismo. Francia, Inglaterra y España son víctimas de los fanáticos religiosos musulmanes. Incluso Turquía acaba de vivir el horror de un ataque donde murieron familias y niños. Irlanda sufrió el separatismo y la división entre católicos y protestantes durante décadas.

Por eso no debemos invocar leyes severas para castigar a ciudadanos indefensos, que ni siquiera tienen dinero para pagar un abogado.

Sabemos que hay grupos delincuenciales que desean desestabilizar al terruño con algunos artefactos explosivos. Por fortuna no tienen aún el tamaño para causar el daño de ataques dinamiteros como la explosiones en el metro de Londres o la estación de trenes de Atocha en Madrid.

Los países europeos y Estados Unidos sólo tienen una fórmula para contrarrestar la locura del fanatismo islámico: los servicios de inteligencia. En Nueva York la explosión de una bomba sucia para esparcir elementos radioactivos podría inutilizar una buena parte de la ciudad y causar estragos como el derribo de las torres.

Cuando en México cuidamos el flujo de emigrantes de Centroamérica a Estados Unidos, también nos protegemos de la filtración de terroristas. Si a Estados Unidos llegara un terrorista desde nuestro país, tendríamos un enfrentamiento inimaginable con el vecino.

Así que no le pongamos el nombre de terroristas a ciudadanos cegados por la rabia de ver el asesinato de cuatro niñas en la impunidad. 

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