Opinión

Trump pierde otra semana

La semana pasada sugerí leer lo que resta de la campaña presidencial en Estados Unidos como una suerte de pelea de boxeo en la que cada semana es un episodio distinto. En ese esquema, el peleador que necesita apretar la marcha es Donald Trump, que está abajo en las encuestas nacionales y en los sondeos de prácticamente todos los estados clave rumbo a noviembre.

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Por: León Krauze

La semana pasada sugerí leer lo que resta de la campaña presidencial en Estados Unidos como una suerte de pelea de boxeo en la que cada semana es un episodio distinto. En ese esquema, el peleador que necesita apretar la marcha es Donald Trump, que está abajo en las encuestas nacionales y en los sondeos de prácticamente todos los estados clave rumbo a noviembre. Si la elección ocurriera hoy –si la pelea terminara en este round– Trump seguramente perdería por decisión unánime.

Con la semana pasada, Trump ya hila dos capítulos de la contienda obligado a la defensa. Hace un par de semanas perdió la batalla contra las revelaciones de Jeffrey Goldberg, notable periodista que expuso el desprecio de Trump por las tropas caídas en batalla. La semana pasada volvió a caer a la lona, víctima, otra vez, del buen trabajo de un periodista, esta vez el legendario Bob Woodward.

Si lo de Goldberg y los militares dejó tocado a Trump, lo de Woodward puede ser un auténtico parteaguas. En una decisión incomprensible para un presidente que enfrenta la reelección, Trump resolvió que sería una buena idea concederle a Woodward un total de 18 entrevistas plenamente on the record. A lo largo de los últimos meses, Woodward grabó a Trump hablando con absoluta libertad sobre diversos asuntos, entre ellos, el manejo de la pandemia. ¿El resultado? La más notable admisión de negligencia de viva voz presidencial desde el propio Nixon.

En las grabaciones, Trump reconoce, a principios de febrero, el enorme potencial de contagio y la gravedad general del coronavirus. La fecha importa porque, alrededor de esa misma época, Trump comunicó en público exactamente lo opuesto a la sobria urgencia que se le escucha en privado con Woodward. En las semanas siguientes a esa entrevista con Woodward, el presidente de Estados Unidos sugirió que el coronavirus no era tan peligroso, aseguró que desaparecería un buen día por arte de magia o con la llegada del calor y especuló que quizá era un invento de los demócratas para desprestigiarlo o una exageración de la prensa. Trump sabía que el virus no era ni lo uno ni lo otro ni lo de más allá. Era, por confesión propia, un verdadero peligro.

En pocas palabras, Trump reconoció, frente al mismísimo Bob Woodward, que sabía de los riesgos del virus y prefirió guardárselos. Mucho peor: prefirió minimizarlos y desdeñarlos. No solo se calló lo que sabía; dijo exactamente lo contrario a lo que sabía. Imposible pensar en algo más grave.

Trump ha tratado de defenderse diciendo que su intención era evitar el pánico generalizado. Cualquiera con dos dedos de frente sabe que hay una considerable escala de grises entre causar pánico, decir la verdad e inventar una fantasía, como hizo Trump. Lo cierto es que, como lo dirá la historia, Trump falló en el momento de mayor urgencia y necesidad para su país.

Más allá del juicio de la historia, el episodio con Woodward le ha costado a Trump una semana más a la defensiva. Ya estamos a mediados de septiembre. Falta un mes y medio para la elección presidencial. Hay tres debates presidenciales en puerta aún, el primero el día 29. Y seguramente habrá sorpresas, incluido el anuncio de una posible vacuna (sin importar su seguridad o eficiencia: Trump anunciará que ya viene un remedio). Lo cierto, por ahora, es que Trump sigue amarrado, apagando sus propios fuegos. Así, le será muy difícil ganar.

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