Opinión

Un grito por la vida

Comienzo el año con una súplica desesperada: exijamos que la prioridad en Guanajuato sea la seguridad pública y el derecho a la vida.

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Por: Enrique Gómez Orozco

Comienzo el año con una súplica desesperada: exijamos que la prioridad en Guanajuato sea la seguridad pública y el derecho a la vida. Es un grito por recuperar la civilidad perdida.

En Argentina despenalizan el aborto. Lo hace una nación orgullosa de tener a Jorge Bergoglio, el Papa Francisco, primer latinoamericano en ser cabeza de la Iglesia Católica y primer defensor de la vida. Después de una lucha social y política de las mujeres, el Estado extendió las libertades y respetó la decisión de suspender el embarazo antes de la semana 14.

Resulta imposible estar “a favor del aborto” porque la suspensión de la vida en el seno materno siempre será una tragedia. Penalizar también resulta inútil, peligroso e injusto. Nadie debe tener el poder de decidir el destino de una mujer agobiada por un embarazo no deseado. El dilema lo resolvió Argentina otorgando a sus mujeres la potestad sobre su cuerpo.

Al paso de los años apreciamos cada vez más el valor de la vida. Nos enternece en lo más profundo los nuevos nacimientos y nos sorprende el milagro del Ser. Muchas veces hago cuentas y más cuentas de ese milagro que hay detrás de cada uno de nosotros. Estadísticamente hay menos probabilidades de ser quienes somos que sacarnos la lotería docenas de veces seguidas. En una generación tenemos una oportunidad entre 10 millones, en dos generaciones la calculadora se llena de ceros y no alcanzan sus dígitos para explicarnos por qué estamos aquí. Nuestra mente no da para comprenderlo.

Lo que sí entendemos es que la primera responsabilidad del Estado y de la sociedad, debe ser la preservación de la vida. Todas las religiones y todos los códigos éticos y legales coinciden en eso. Entre más desarrolladas las naciones, entre más sólidos los gobiernos, mejor destino pueden esperar sus ciudadanos.

En Guanajuato el Gobierno fracasa en esa tarea que es la más importante de todas. Con 4 mil 467 homicidios dolosos en 2020, nunca habíamos estado tan mal. Hay que decir las cosas como son. Ni la lucha contra el Covid19 (que será pasajera), ni la construcción de obras o la educación pública tiene prioridad sobre el deber de detener las muertes violentas. Para gobernantes sin principios morales o personajes deshumanizados como han sido los grandes genocidas, la vida sólo tiene sentido en función del poder. Stalin, Hitler, Pol Pot, Mao, Fidel Castro o Pinochet, dispusieron de la vida de sus semejantes para mantener su poder o ideologías torcidas.

Uno pensaría que nuestros piadosos y religiosos gobernantes del PAN serían quienes, de frente a sus valores, protegerían con más ahínco y fervor la vida. Cada homicidio, cada masacre significa una o múltiples tragedias familiares. Ese joven de Celaya a quien le cortaron la cabeza en vida con un serrucho (la visión más terrible de la degradación humana en Guanajuato) fue un bebé, un niño que jugaba, un adolescente con ilusiones. Tenía mamá, hermanos y tal vez un hijo y un padre. Los otros 4 mil 466 muertos, también.

Cualquier tema resulta intrascendente frente a la responsabilidad del Estado comparado con la lucha por la seguridad pública y la preservación de la paz y la vida. Hace diez años teníamos la décima parte de los homicidios que hoy. Por eso el “derecho a la vida” no sólo significa tener menos abortos sino respetar y cuidar la vida de todo ciudadano ya nacido.

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