Opinión

Un orgullo verdadero

Hacía calor al mediodía en Londres en un año que no recuerdo a principios del siglo.

Avatar del

Por: Enrique Gómez Orozco

Hacía calor al mediodía en Londres en un año que no recuerdo a principios del siglo. Comenzó una música estrafalaria con sonidos extraños y una marcha exótica de personas vestidas con sombreros multicolores y ropas mitad de calle, mitad de cama. Exhibían su orgullo de ser tal cual eran.

En Inglaterra los movimientos de vanguardia surgieron desde los sesenta con la revolución sexual de la época. Beatles, Rolling Stones, Queen, Elton John y un montón de bandas encaminaban la transformación del paisaje sobrio y flemático a uno multicolor de bellas melodías.

Entonces vino a la mente la canción emblemática: “Let it be”. La respuesta de nuestro tiempo, de nuestra generación,  debe hacernos sentir un orgullo compartido con el grupo LGBT por ampliar el horizonte de libertades y de derechos humanos en Occidente. Porque la lucha de quienes desfilaban ese día hizo que en poco tiempo transformara mi percepción, y por qué no decirlo, de los falsos valores que nos habían infundido desde la infancia en la escuela y en el seno familiar.

Crecimos denostando a los “mariquitas”, a los “41” que detuvieron a principios del siglo pasado por ser distintos. La discriminación florecía en un mundo machista y de mirada obtusa e ignorante de la condición humana. Hace apenas 30 años hubiera sido impensable la posibilidad de establecer leyes para proteger los matrimonios del mismo sexo con los mismos derechos que uno heterosexual.

Para la Iglesia y sus ortodoxos de siempre, la homosexualidad representaba una especie de error de la naturaleza, una preferencia considerada “pervertida”. Todavía recuerdo acres discusiones con parientes ilustrados sobre la naturaleza de la homosexualidad. No podía creer que personas cultas, con doctorados y de criterio cosmopolita, pensaran que la homosexualidad era algo que se elegía o derivaba de mimos maternos exagerados. Incluso algunos fanáticos conservadores consideraban que alguien se podía “convertir” en gay por excesos.

Abominable ignorancia fundada en prejuicios ancestrales que hoy perduran. En países islamistas aún detienen, encarcelan y vejan a quienes se atreven a tratar de ser ellos mismos en su patrimonio corporal. Sólo el Papa Francisco puede atreverse a decir que él no es nadie para juzgar la sexualidad de los fieles. Bien hace porque un reciente estudio a fondo de un investigador francés, Frédéric Martel, descubre el “clóset” del Vaticano, donde la mayoría de los sacerdotes son homosexuales. El celibato era y es un refugio para quienes no podían vivir su homosexualidad a la luz del día.

Alrededor nuestro hay excelentes colaboradores del grupo LGBT. Recuerdo que hace unos 25 años, una joven que aplicó para un puesto en la redacción tuvo la transparencia de decir que era lesbiana, preguntó si eso podría ser un impedimento. Pesaba sobre ella un estigma que nunca más debe llevar alguna mexicana o mexicano. Fue una gran compañera. Rindo tributo a todos quienes, con diferente orientación sexual, nos acompañaron y acompañan hoy en nuestra empresa. Muchas gracias por sus aportaciones. Enriquecen la pluralidad de ideas, talento y sentimientos para crear ese maravilloso mosaico humano en el que trabajamos.

Hubo generaciones orgullosas por la Independencia, la Abolición de la Esclavitud, el voto de la mujer y el avance de la igualdad de género. La nuestra puede decirse feliz de encabezar la inclusión, el respeto y reconocimiento de los derechos humanos y cívicos de toda orientación de género. En Guanajuato pronto igualaremos esos derechos, aunque una minoría conservadora se oponga. Ellos no son dueños de los cuerpos y las mentes de su prójimo. Menos de sus derechos.

Opinión

Opinión en tu buzón

Deja tu correo y recibe gratis las columnas editoriales de AM, de lunes a domingo

8am
En esta nota:

Y tú, ¿qué opinas?