Un país destrozado

"Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos". 

Eduardo Galeano

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Por: Sergio Sarmiento

Cuando Andrés Manuel López Obrador estaba a punto de tomar posesión afirmaba que estaba recibiendo un "país destrozado". Varios miembros de su equipo, como Olga Sánchez Cordero, repetían la frase, porque ya se habían dado cuenta de que al presidente electo le gustaba que sus incondicionales repitieran todo lo que él decía. Pocos días después de tomar posesión, AMLO cambió el discurso y empezó a declarar que el país ya se había transformado, que la corrupción había desaparecido, que todo iba bien, requetebién.

No es inusitado que un gobernante populista ofrezca una visión sumamente negativa desde la oposición solo para volverse abrumadoramente optimista en el poder. Lo hizo Donald Trump, quien en su discurso inaugural en 2016 habló de unos Estados Unidos donde "madres y niños" yacían atrapados "en la pobreza del centro de nuestras ciudades" mientras las "fábricas oxidadas" estaban "regadas como lápidas a través del paisaje de nuestro país". Esta "carnicería", dijo, "termina aquí y termina hoy". Y, efectivamente, Trump empezó pocos días después a decir que el país ya se había transformado.

Ni los Estados Unidos de Trump ni el México de López Obrador eran, sin embargo, países destrozados que se convirtieron en paraísos. En ambos, la voluntad del presidente simplemente reemplazó al estado de derecho. Los mandatarios buscaron concentrar todo el poder.

En México, a pesar del triunfalismo, el saldo de los tres primeros años de gobierno es negativo. Antes solo crecíamos 2% al año, cierto, pero la economía empezó a declinar en 2019. En ese primer año de gobierno se registró la primera recesión de México en una década. En 2020 se desplomó la economía, 8.3%, por la pandemia, y si bien ha habido un repunte, no se ha recuperado el nivel de antes de la crisis.

No sorprende que el crecimiento sea decepcionante. El gobierno ha cancelado unilateralmente obras importantes, como el Nuevo Aeropuerto Internacional de México y la planta cervecera de Constellation Brands en Mexicali. Ha implantado nuevos y complejos trámites burocráticos, como los que han surgido por la prohibición de la subcontratación. La inversión fija bruta se encuentra en niveles históricamente bajos. En el sexenio anterior era de 22% del PIB, lo cual solo alcanzaba para impulsar un crecimiento económico de 2% anual; pero ahora, en el segundo trimestre de 2021, representa apenas el 18.8% del PIB. Con esta inversión es imposible lograr una expansión vigorosa.

Quizá el peor fracaso se ha dado en salud. El gobierno reemplazó el Seguro Popular con el INSABI, pero este no ha podido cumplir con sus obligaciones. Descartó las compras consolidadas del IMSS, y hoy las adquisiciones son más opacas y caras. Eliminó el sistema de distribución de medicamentos, pero ha dejado sin estos a miles. El sistema de salud era malo, hoy realmente está destrozado.

En seguridad, el gobierno ha contenido el número de homicidios dolosos, pero no los ha reducido. Ha militarizado las policías, pese a que antes se oponía a ello, y ha dado a los militares poderes y funciones que solo tienen en las dictaduras.

El Presidente sigue siendo muy popular, en parte porque sus programas sociales están diseñados para comprar votos en vez de construir prosperidad. Su aprobación es un gran logro político, pero no significa que México esté avanzando. Los tres primeros años de gobierno han sido un retroceso para un país que nos dijeron, falsamente, que estaba destrozado.

Derechizados

El gobierno ha impuesto a un nuevo director general del CIDE, José Romero Tellaeche, omitiendo la ratificación que debió hacer el Consejo Directivo. El presidente busca así combatir la supuesta "derechización" del CIDE. ¿Será la UNAM la siguiente víctima?

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