Veneno importado

El último recuerdo de una inflación desbocada fue después de la devaluación del 20 de diciembre de 1994, un año caótico con los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruíz Massieu.

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Por: Enrique Gómez Orozco

El último recuerdo de una inflación desbocada fue después de la devaluación del 20 de diciembre de 1994, un año caótico con los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruíz Massieu. El peso cayó de 3.50 a 8 pesos por dólar y la inflación llegó al 52% a mediados de 1995, según datos del Banco de México.

La disciplina macroeconómica y una buena administración pública de Ernesto Zedillo y el Banco de México, lograron bajarla al 8% al final de su sexenio en el 2000. Vicente Fox recibió la casa en orden con un crecimiento del 7 por ciento anual, la cifra mayor que hayamos tenido sin ser producto de un rebote de crisis. 

Ayer Estados Unidos reportó una inflación del 6.2%, una cifra que no se veía desde hace 31 años. Por la pandemia, la Reserva Federal - el banco central de EU-, tuvo que inyectar dinero a raudales a la economía. Lo mismo hizo el Tesoro, que imprimió 6 billones (millones de millones) de dólares para aliviar el desamparo que creó el parón y el encierro a partir del Covid. 

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El gobierno norteamericano sabía del riesgo inflacionario, pero el daño sería menor que dejar a las familias sin ingresos. El Covid trajo rompimientos en las cadenas de suministro. Todo se desquició: transporte marítimo, oferta de petróleo, chips, papel, madera para construcción, etcétera. Muchos precios se duplicaron y otros se cuadruplicaron como el costo de traer un contenedor de China a América que subió de 3 mil dólares a más de 12 mil. Mientras el engranaje de la producción vuelve a la normalidad, la escasez de productos eleva los precios. 

Lo más sorprendente es que la inflación en México va al parejo de la de EU pero con la diferencia de que en nuestro país el Gobierno no estiró la mano para ayudar a millones de familias y empresas que la pasaron mal. Hasta los más conservadores solicitaron ese auxilio que nunca llegó. La caída del 8.5% en el crecimiento el año pasado no podrá recuperarse este año que apunta a un 6% de crecimiento. En EU y Europa viene una recuperación sólida que alivia las penurias de la carestía. Casi a pleno empleo, lo que ahora falta a las empresas de EU son recursos humanos. 

Los perdedores serán los ahorradores de todo el mundo. Quienes tienen su dinero en cuentas de Cetes en México o Bonos del Tesoro en EU, pierden todos los días. El incentivo va hacia el consumo: más vale comprar ahora, antes de que suban los precios mañana. Eso eleva la demanda y convierte en espiral ascendente a la inflación. 

El Banco de México, cuyo principal mandato es sostener el valor de la moneda o evitar inflación, aumentará los intereses en los próximos meses. No será suficiente. Mientras los precios de las mercancías, la comida y los bienes de consumo duradero se fijen en el mercado internacional, poco puede hacer nuestro banco central. 

Si la inflación importada es veneno para los consumidores, también lo es para los gobernantes. El demócrata Jimmy Carter no cayó en 1980 por ser débil, al contrario, aceptó una amarga receta de aumento en los intereses del entonces gobernador de la FED, Paul Volcker para detener la carestía. Fue una medicina demasiado amarga para el norteamericano de clase media. Para fortuna de Ronald Reagan, su sucesor, sentó las bases de una década de gran crecimiento. Algo que no pudo aprovechar México por el desastre que dejó la administración de José López Portillo. ¿Qué podemos aprender?

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